¿Qué es Entre Culturas?



jueves, 23 de febrero de 2012

ELEWA

" ELEWA"



INTRODUCCIÓN

          “Elewa” está compuesto por varios capítulos en donde se narran las aventuras de un joven guineano que de la noche a la mañana decide abandonar su país para buscar una vida mejor.


          Cada capítulo, cada viaje, está cargado de un amplio estudio geográfico, tanto físico, como humano, histórico, artístico y antropológico en donde el lector podrá conocer datos reales de todos los territorios que en este periplo se reflejan.


          Consciente de que muchos datos son desconocidos por parte del lector, os invito a ser los protagonistas de este viaje indagando mucho más de lo que aquí se hace, en otros aspectos que os puedan resultar de interés relacionados con cada uno de los territorios que aquí se describen.


          Sin más, sumerjámonos en lo más profundo de nuestra imaginación y abróchense los cinturones que el viaje está a punto de comenzar.

CAPÍTULO 1

- Orígenes

          Me llamo Elewa y soy de Guinea Ecuatorial. Mi nombre significa “de buenas ideas”, pues en África, al igual que en otros territorios del Mundo, los nombres de pila tienen un significado concreto. Pero según me han contado, mi nombre también tiene su origen en un dios, del mismo nombre, que resulta ser un temible y feroz guerrero que es dueño absoluto de los caminos y el destino. Creo que si mis padres hubieran sabido todos esos significados me hubieran puesto Antonio o Javier, pues con lo fantasioso que soy, los diversos significados de mi nombre me motivaron a salir de mi país para buscar un destino incierto y desconocido, entre otras muchas inquietudes.


         Supongo que sabréis que Guinea fue una colonia española hasta finales de los 60. Concretamente el 12 de octubre de 1968, mismo día y mismo mes en el que se descubrió América, se independizó. Por eso hablo castellano, y por eso pienso que mis padres, africanos de pura cepa, hubieran preferido ponerme un nombre español si llegan a saber lo que mi persona daría de sí.


          Mi madre se llama Isabel en honor al nombre que los colonizadores españoles dieron a la actual capital de Guinea (Malabo); concretamente la llamaron Santa Isabel. Mi padre se llama Jong y es originario de Camerún, país con el que limita Guinea al norte. Ambos trabajan en el campo en una plantación de cacao, uno de los productos que junto con el petróleo son los más explotados en mi país. ¿Sabíais que en Guinea se extraen aproximadamente 300.000 barriles de crudo al día? La verdad es que yo tampoco, pero cuando me enteré ya estaba tan lejos de las fronteras de mi tierra natal, que realmente ese dato no me incitó a volver a casa.


          Yo me dedico a la ganadería, cuido vacas, y durante casi todo el día entrego todo mi sudor y esfuerzo al cuidado de éstas. Aunque en Guinea el clima sea ecuatorial, existen zonas elevadas en donde se puede llevar a cabo esta práctica. Aunque no lo parezca es un duro trabajo y para el salario que me pagan… Para que os hagáis una idea os diré que gano mensualmente unos 65.500  francos guineanos, que es la moneda de nuestro país. A simple vista parece un montón, ¿verdad?, pero en realidad, al cambio, no gano más de 100 euros al mes, trabajando de sol a sol. Teniendo en cuenta que una consulta médica cuesta unos 60 dólares... ¡cualquiera se pone malo!




      


          Guinea es uno de los países más pobres del Mundo y eso que es uno de los treinta países más importantes en cuanto a la exportación de petróleo, por esa razón la llaman “el Kuwait africano”, pero como suele pasar en muchos países pobres, la riqueza está muy mal repartida. Sin más os diré que más del 60% de la población vive con menos de un dólar al día, la mitad de las casas carecen de agua potable y tenemos una de las tasas de mortalidad infantil más altas del planeta, así se estima que alrededor de un 20% de los niños menores de cinco años muere; yo en ese sentido he tenido mucha suerte, no tanto mis padres que perdieron a dos de mis hermanos. Con todo ello os diré que aquí la gente muere muy joven, es lo que se le llama la esperanza de vida, la cual oscila entre los 50 y 52 años. Yo quiero vivir mucho más, por ello no dudé en enfrascarme en un viaje sin destino ni dirección, sin rumbo concreto y sin planificar, lo que sí tenía claro es que debía marcharme cuanto antes de allí y dejarlo todo, incluso lo que más quiero que es mi familia.

- Planeando la escapada

          Todo comenzó cuando mi primo Abdul y su familia emigraron del país. Después de la independencia muchos guineanos abandonaron sus tierras y se repartieron por diversos lugares del Mundo, entre ellos España. Mis tíos y mi primo fueron a parar a Las Islas Canarias, y por las cartas que Abdul me escribió, aquello debe de ser el mismísimo Paraíso. Ellos viven concretamente en Candelaria, un pueblecito de la isla de Tenerife. Allí mis tíos han montado un negocio de alimentación y mi primo, que realmente es como si fuera mi hermano, es el encargado de hacer los recados.


          Cierto día me escribió que estando en la playa vio cómo se acercaba una pequeña barca a lo lejos del horizonte. Estaba empezando a anochecer, pero él, al cual le comía la curiosidad, decidió esperar y esperar hasta averiguar qué era aquello que flotaba sobre el mar y que poco a poco se iba acercando a la orilla. Tras casi dos horas y media de espera descubrió, que la barca iba llena de gente. Al principio se asustó, me dijo, pues la gente que iba dentro le miraba con caras extrañas. Todos los tripulantes de la barca eran de color, probablemente de algún país subsahariano y nada más llegar a la zona en donde “hacían pie” empezaron a correr como si estuvieran endemoniados hacia la zona de tierra firme. En cuestión de cinco minutos no quedaba nadie allí, excepto Abdul, que realmente no se creía lo que había visto.


          Cuando llegó a casa comentó a sus padres, mis tíos, lo que había visto. Estaba algo nervioso, un poco pálido, decía mi tía, y eso que Abdul es negro, pero ya sabemos cómo son las madres de exageradas. En definitiva estaba perplejo por el suceso del cual él había sido testigo de excepción. Pronto mi tío Thomas los tranquilizó, y digo “los” porque mi tía Christine estaba más nerviosa que el propio Abdul.


          Mi tío les explicó que había mucha gente que decidía tentar a la suerte y embarcarse en un viaje hacia otras tierras para buscar una vida mejor. Muchos lo conseguían, pero muchos otros o bien morían en el intento o eran detenidos por los responsables de inmigración, los cuales los devolvían a su país; con el tiempo he aprendido que a eso se llama deportar y que toda esa gente que tiene la suerte de no ser “pillada” se llama “sin papeles”.


          Aquella historia me conmovió, ¡hay gente en África que deja todo para conseguir su sueño!, cueste lo que cueste, aunque pierdan la vida. Ese día se me despertó un sentimiento aventurero, utópico y loco que me ha acompañado a lo largo de mi vida.


          Esa misma noche no pude dormir. Algo rondaba por mi cabeza que no me dejaba conciliar el sueño. No hacía más que pensar y pensar en lo que me había contado mi primo. No hacía más que imaginar cómo sería esa travesía por pleno Océano Atlántico con una embarcación tan precaria y lidiando con las inclemencias del tiempo. No hacía más que pensar en cuanto se tardaría en llegar a Candelaria. No hacía más que pensar en que algún día, yo podría ser uno de esos tripulantes que buscaban una vida mejor.


          A la mañana siguiente seguí con mi labor y con mis vacas, pero no podía quitarme de la cabeza todo aquello que no me había dejado dormir la noche anterior. Entre bostezo y bostezo explicaba a mis vacas lo que ponía en la carta que Abdul me escribió, pero a ninguna de ellas parecía importarle mucho. Cuando llegué a casa, ya anochecido, me senté a la mesa para cenar con mis padres. Ellos no dejaban de hablar de sus cosas pero a mi parecía habérseme comido la lengua el gato. Mi madre, como todas las madres me notó ausente, pues aunque todas las madres son unas exageradas también saben cuándo a un hijo le ronda por la cabeza algo. Pero no me preguntó nada, sólo me miró y esa mirada de complicidad me bastó para saber que ella también se había percatado de que algo me preocupaba.


          Antes de irme a la cama, y cuando mi padre ya se había acostado, se acercó a mi habitación y me preguntó que si me preocupaba algo, yo le dije que no, y ella, al igual que todas las madres insistió e insistió hasta que tuve que contárselo. Cuando terminé de hablar me dio la sensación de que ella quería decirme algo, pero se calló y tan sólo me dijo el “buenas noches” de rigor cruzando el patio de la casa en la que vivíamos para acceder a su habitación. Estoy seguro de que aquella noche ella tampoco pudo dormir.


          Cuando por fin me quedé sólo y me aseguré de que todos dormían, comencé a planear mi viaje. Cogí un atlas geográfico que habían utilizado mi padre y mi tío cuando eran pequeños e iban al colegio en Camerún. Estaba en francés, pero yo lo entendía todo pues en Guinea se hablan los dos idiomas, de ahí que la moneda sea herencia de Francia. Miré detenidamente el mapa de África, y la verdad me lo imaginaba más pequeño. Tracé una línea imaginaria entre la costa de la Guinea continental (pues Guinea también está compuesta por islas) hasta las islas Canarias y según la escala del mapa físico de África calculé aproximadamente los kilómetros que había entre los dos puntos. Aproximadamente son 3.884 kilómetros los que separan Guinea de Canarias por tierra.


          Al ver la distancia me desanimé un poco, bueno, la verdad es que me desanimé bastante, pero haciendo gala a mi nombre Elewa ,“de buenas ideas”, decidí establecer una ruta haciendo escala en diferentes lugares y en desechar la idea de fabricar una barca como las de los “sin papeles” para realizar el que iba a ser sin duda el viaje de mi vida. Ahora quedaba lo más difícil, juntar el suficiente dinero para subvencionar el viaje y encontrar el medio de transporte más adecuado.


          Así y sin desánimo alguno empecé a idear la ruta perfecta. Partiría de mi ciudad Kogo, situada en la parte continental del país, hacia Bata, que es la ciudad más poblada de Guinea; aunque no es la capital, cuenta con una población de algo más de 100.000 habitantes y por ello, al ser una ciudad con puerto sería el lugar idóneo para encontrar la manera de trasladarme a Malabo, la capital, que por si no lo sabéis está situada en una isla justo enfrente de Bata. En Malabo, según me han contado, existe una gran afluencia de barcos de todo tipo, comerciales, de pescadores…que viajan a menudo hacia Europa.


          ¡Ese!, ese era el camino que debía seguir para llegar a las Islas Canarias, una vez allí, y tras haber rodeado las costas africanas desde el Golfo de Guinea hasta las Islas Afortunadas, al igual que hizo el portugués Vasco de Gama para llegar a las Indias, haría escala cual Cristóbal Colón se preciase, tal y como hizo él antes de partir definitivamente hacia la conquista del Nuevo Mundo. La verdad es que me sentía como un explorador del siglo XVI preparando su expedición.


          Ahora sí que estoy convencido de que me marcho, no sé aun cuándo, ni como se lo diré a mis padres, ni si mis cálculos saldrán bien, pero de lo que sí que estoy totalmente convencido es de que esto no ha hecho más que empezar, el periplo zarpará en breve por los senderos del destino que aún me queda por escribir.

CAPÍTULO 2

               - Despedida

                Han pasado casi tres meses desde que escribí la última vez. No es que haya desistido de mi sueño, simplemente los acontecimientos me han hecho  posponer un poco mi viaje.

Mi abuela Nehanda, la madre de mi padre, está enferma. No se sabe muy bien qué es lo que tiene pero los médicos no le aventuran nada bueno. No saben si tendrá una enfermedad tropical o si, por el contrario, ha cogido un virus. El caso es que, debido a su avanzada edad, tiene 76 años, las defensas son muy débiles y por ello nos han dicho que nos pongamos en lo peor. La verdad es que para lo que suele vivir la gente en Guinea, ella es una de esas excepciones raras que la madre naturaleza crea de vez en cuando.

                Mi abuela siempre ha sido como mi otra madre. Es muy cariñosa y buena y la vida no la ha tratado demasiado bien, aunque ella siempre ha luchado por sacar adelante a su familia, pues cuando tenía 29 años enviudó con tres hijos que mantener.  Mi tío Thomas, el padre de Abdul, tenía entonces once años, mi padre tenía  siete y mi tía Margaret tan solo tres añitos.  Siempre me cuenta cómo tuvo que trabajar día y noche para que sus hijos pudieran echarse algo a la boca. Siempre me cuenta lo que sufrió entonces, cómo lloraba muchas noches cuando mis tíos y mi padre se acostaban porque ella ese día no había podido comer. Todas las noches antes de acostarse me da un beso, pues vive con nosotros.

                Mi abuela es natural de Zimbabue y por ello su nombre. Nehanda hace honor a una  mujer de este país que en el siglo XIX  declaró la guerra a los colonos ingleses cuando éstos empezaron a confiscar tierras y ganados después de una injusta invasión. No sé si habréis oído que el continente africano fue invadido, colonizado, repartido y sometido, a partir de 1870,  por muchos países europeos, de entre los que destacaron Francia e Inglaterra. Cuando finalizó la Segunda Guerra Mundial en 1945, comenzó la desbandada de colonos, aunque en muchos países la independencia no llegase hasta finales del siglo XX.

                El caso es que aquella heroína zimbabuense fue ajusticiada y ejecutada un 27 de abril de 1898, el mismo año en que Cuba se independizó de España; por eso es una de las figuras más importantes del país. Algunas veces me asombro de lo que el ser humano puede llegar a hacer por unos ideales, y más tratándose de una mujer africana. La verdad, un ejemplo a seguir, ¡como mi abuela!

                En realidad me siento algo triste y melancólico, ¿estaré preparado de verdad para dejarlo todo por un sueño? Aún no lo sé, pero si no lo llevo a cabo nunca lo sabré, nunca me perdonaré haber permanecido en Guinea toda mi vida trabajando de pastor de vacas, que por otro lado es un trabajo muy digno.

                Tengo ahorrados unos 327.500 francos guineanos, es decir unos 500 euros. Creo que tengo el dinero suficiente como para viajar de Kogo a Bata y desde allí trasladarme a Malabo, que por cierto, me he enterado de que allí  ¡hay aeropuerto!, ¿os imagináis poder viajar en avión? Sería cumplir otro de mis sueños, poder volar es algo que siempre he deseado; cuando éramos pequeños Abdul y yo  siempre juagábamos a construir aviones y naves espaciales con cajas de cartón, ¡qué bien nos lo pasábamos! Pero aterricemos en la realidad, no sé si algún día podré descubrir esa sensación de ver la superficie terrestre desde el cielo, hasta entonces me lo seguiré imaginando.

                Es muy tarde, es la hora de la cena, pero me temo que hoy cenaremos mi padre y yo solos pues mi madre dedica casi todo el día a cuidar de mi abuela. Le pone paños húmedos en la frente para que le baje la fiebre y le da unas yerbas que nos ha recomendado una vecina. Pobrecilla, ojala pudiera saber que no está sufriendo, pero por su estado creo que le ocurre todo lo contario. Hay momentos en los que desearía que se fuera al “otro mundo”, para que no sufra más, pero cuando me acerco a su cama y la miro a los ojos…no puedo evitar desear que se quede con nosotros el mayor tiempo posible.

                Creo que me voy a ir a la cama, hoy no tengo ganas de planear mi viaje ni de imaginar cómo será la aventura para la cual estoy esforzándome tanto. En estos últimos meses mi madre no me ha pedido mi salario, como viene siendo habitual, y creo saber el por qué lo está haciendo. Ella sabe que tarde o temprano me iré, por eso prefiere que lleve el suficiente dinero para que todo me resulte más fácil.

                Acabo de darle un beso a mi abuela antes de venirme a mi habitación, y ¿sabéis lo que me ha dicho? Me ha obligado a que haga mi sueño realidad, me ha dicho que me vaya mañana mismo, que prefiere que la recuerde viva y que no quiere que yo esté aquí cuando ella se muera. Esta mujer es un caso, he esbozado una sonrisa cuando me lo ha dicho y ella me ha acompañado haciendo lo mismo, ¡qué mujer!  Ante esto no me queda más remedio que hablar con mi padre y concretar la hora de salida, aunque no sé que será mejor, si decírselo o no, pues aunque es un hombre generalmente comprensivo…no sé cómo se tomará mi decisión; tendré que echarle una mentira piadosa, le diré que me voy a visitar a mis tíos y que pronto volveré; en fin, tendré que pedirle ayuda a mi madre, como siempre.

                Son las 6:30 de la mañana, hace un día estupendo, mi abuela duerme y yo me tengo que enfrentar a mi jefe para decirle que dejo el trabajo hoy mismo.  Anoche cuando estaba en mi cuarto calculé la distancia que hay desde Kogo hasta la zona litoral de Bata, son aproximadamente unos 85 kilómetros  y el medio de transporte que utilizaré será el camión de un amigo que se dedica a transportar estiércol entre esas dos ciudades, algo es algo. Voy a ver qué me encuentro, estoy algo nervioso, primero me toca hablar con el jefe y luego con mi padre.

                Son las 23:00 horas, ya estoy en mi habitación y la verdad es que todo ha salido a pedir de boca. A mi jefe le he tenido que engañar; le he dicho que tengo que dejar el trabajo pues mi abuela está enferma y tengo que hacerme cargo de ella. Sé que es un poco cruel, pero Nehanda me ha dado su aprobación; no es fácil dejar de la noche a la mañana un trabajo en Guinea, ya que si otro día buscas otro trabajo, siempre piden referencias a la hora de contratarte y si me hubiera ido sin más, nunca más podría haber sido contratado en mi pueblo. Antes de marcharme he dejado el puesto cubierto con el hijo de la vecina que nos recomendó esas yerbas para que mi abuela mejore; espero que cumpla con las expectativas.

                Con mi padre ha sido más fácil de lo que pensaba, mi madre me ha allanado el terreno. Me ha dicho que ya lo sabía, que tenga mucho cuidado y que nunca olvide mis raíces y de dónde vengo.

 Voy a preparar mi maleta, lo de maleta lo digo por decir algo, en realidad sólo tengo una mochila que será mi compañera de viaje. Dos mudas de ropa interior más la puesta, tres camisetas de manga corta, un pantalón corto y otro largo, unas zapatillas de deporte con un agujero en la suela y una sudadera por si refresca. Además llevo un cuaderno para ir anotando, a modo de diario de viaje, las cosas más interesantes que me ocurran; también llevo el atlas de mi padre, un lapicero, un bocadillo que me acabo de preparar y por supuesto el dinero.

El tema del dinero es algo que me preocupa mucho. No es fácil, en África, llevar tanto dinero encima, pero yo me pregunto, ¿se podrá imaginar alguien que precisamente yo lleve tanto capital encima? La verdad es que es la primera vez que veo tanto dinero junto. No sé dónde llevarlo, ¿en la mochila?, ¿en los calcetines?, ¿en la bragueta?...Mi padre me ha dado una cartera de piel que le regaló mi abuelo, ahí llevaré algo de dinero suelto, pero el grueso del dinero ocupa mucho y debo llevarlo aparte.

Voy a dormir, mañana me espera un duro día. Me entristece pensar que tal vez sea la última vez que duerma en mi camastro. Me entristece pensar que cuando mañana sea la hora de dormir, mi abuela no podrá darme el beso de buenas noches. Me entristece pensar las vueltas que mi madre le dará a la cabeza todos los días a partir de ahora. Me entristece pensar que mi padre cambie su humor por culpa de mi marcha. Me entristece…me entristece pensar. Tengo ganas de llorar y no creo que se me haya metido una mota de arena del desierto del Sáhara en el ojo. Tengo nervios. Voy a apagar la luz que mañana a las 5.30 tengo que estar en pie. Buenas noches.

Por fin ha llegado el momento. He dado un beso a mi abuela entre lágrimas. He dado un beso y un abrazo enorme a mi padre, entre lágrimas. Cuando he abrazado a mi madre todo se ha ido al garete; ¡menudo sofocón! La bocina del camión de mi amigo Manuel suena ya a lo lejos. Queda poco tiempo y son pocas las palabras que me salen por la garganta, la verdad es que es mejor no hablar. Manuel está aquí, me subo al camión, arranca y ¡hasta pronto familia! Os escribiré muy pronto.  El viaje acaba de comenzar.

           -De Kogo a Bata

                Estamos saliendo de mi barrio. Manuel no hace más que hablar pero yo ni le escucho. Conforme voy abandonando el lugar donde he vivido toda mi vida van pasando por delante de mis ojos numerosos recuerdos de mi infancia. El lugar en donde jugaba al fútbol, la tienda de ultramarinos en donde hacemos la compra, la iglesia donde se casaron mis padres, mi escuela…Conforme vamos saliendo de Kogo el sol empieza a ser cada vez más intenso. Es bonito ver amanecer en Guinea, los contrastes de luz y color son maravillosos en África y las puestas de sol no digamos.

                Después de avanzar tres kilómetros, diviso el pozo en donde todos los días recojo el agua para llevar a casa. No sé quién realizará a partir de ahora esa labor, supongo que le tocará a mi madre. Los campos de cultivo quedan a uno y otro lado del camino de tierra por el que circulamos. A lo lejos se ve una pequeña loma en donde se otea  el ganado pastando; ¡ahí es donde trabajaba yo!, le digo a Manuel, que sigue hablando sin parar, de la situación política del país.  Es curioso hablar de política en Guinea, a casi nadie ya le importa. En teoría, el sistema político de mi país se basa en una democracia constitucional desde 1991, pero la realidad política es la dictadura unipartidista y personal de Teodoro Obiang, el cual lideró un golpe de estado contra su propio tío. Lleva en el poder desde 1979 y creo que va para rato pues las elecciones suelen ser manipuladas, el fraude electoral está a la orden del día y además se han sucedido varios asesinatos de entre los opositores que resultaron más peligrosos y serios. Las elecciones se celebran cada siete años y el “parlamento” está formado por 99 representantes, de los 100 que hay, del partido del presidente. Aun no entiendo como un país que es miembro de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sigue en esta situación; bueno, la verdad es que sí me imagino el por qué, el petróleo y sus beneficios.

                El camino continúa, la temperatura de la cabina del camión en el que viajamos aumenta, empieza a convertirse en un verdadero horno. El olor a estiércol es insoportable. Manuel enciende la radio, concretamente en un canal en donde sólo ponen música. Suenan varias canciones africanas con bastante ritmo. Manuel suelta el volante y empieza a bailar, es muy gracioso. La velocidad media que llevamos oscila entre los 50 y los 90 kilómetros por hora. Tras dos horas de viaje y una breve parada vislumbramos a lo lejos un amasijo de edificios, eso es Bata, me dice Manuel.  Al cabo de veinte minutos llegamos a las afueras de la ciudad. Manuel debe quedarse  en una finca en el extrarradio, por lo que mi viaje con él ha llegado a su fin.

                Comienzo a caminar hacia el centro de la ciudad. Los suburbios son bastante pobres, hay gente sentada en las aceras de las calles sin hacer nada, algunos incluso duermen. Las calles de arena fina son muy amplias, hay muchas zonas sin edificar y los edificios que veo son todos de color blanco. No hay coches, parece que he llegado a una ciudad fantasma. Poco a poco, y preguntando a los oriundos de la ciudad, voy adentrándome en el  centro urbano. Escucho un ruido ensordecedor, miro hacia el cielo y veo un avión tan cerca de mi cabeza que parece que voy a ver las caras de los pasajeros. ¿También hay aeropuerto en Bata? O lo hay o en breves segundos escucharé un estruendo que me indicará que ese avión tomó el rumbo equivocado.

                He parado en un pequeño parque para comer algo, estoy desmayado. Mientras me como el bocadillo que me hice anoche en casa, me invade una  sensación de libertad indescriptible. Soy un turista más, almuerzo cuando me apetece y no tengo que estar escuchando a mi jefe una y otra vez para que no descuide a las vacas. Acabo de ver una casa en donde creo que sirven bebidas. Me acerco y me pido una coca cola, en África también se vende coca cola, ¿en dónde no?

                Mientras me bebía el refresco he conocido a una mujer encantadora, se llama Carmen y me ha estado dando algunos datos de la ciudad que me servirán, sin duda, de mucha ayuda. Bata es mucho más cosmopolita de lo que yo me imaginaba. Es la capital económica del país y aquí se ubica también el Parlamento. Tiene alrededor de 170.000 habitantes, tiene aeropuerto y puerto, uno de los más grandes de todo el continente africano, del cual parten transbordadores hacia Malabo, Marruecos, España, Francia, China, Malasia, Corea y los Estados Unidos. ¡No me lo puedo creer! Creo que Malabo tendrá que esperar, aquí tengo todo lo que necesito para salir de África.




            Lo primero que haré será ir al puerto para ver que combinaciones hay para ir a España, y sobre todo, cuánto dinero vale. Hay que administrarse bien  y no gastar a lo loco, nunca sabes con qué imprevisto te puedes encontrar. Por cierto, al final decidí guardar mi dinero en la entrepierna, es donde más seguro irá. Bien comido e hidratado con mi refresco de cola me decido a bordear todo el paseo marítimo de Bata, que se extiende sobre unos 7 kilómetros. Me han contado que es una maravilla. Es el paseo marítimo natural más envidiado por los occidentales y ahora yo voy a tener
la suerte de poder recorrerlo dando un paseo.

Llevo siete horas fuera de casa, he recorrido unos 90 kilómetros, creo que para empezar no está nada mal. Ya me siento mejor, la nostalgia de esta mañana se ha convertido en alegría y felicidad. Estoy empezando a conseguir mi sueño, me siento muy independiente. Sé que a partir de ahora el camino no será nada fácil, pero confío en la suerte. Confío en que todo salga bien. Mi incierto destino acaba de empezar a escribirse y yo, y sólo yo, soy y seré el protagonista de lo que éste me depare.


          -Bata


 Estoy bastante cansado pues no he parado de andar en todo el día. También estoy algo decepcionado. Esta tarde me han sucedido varias cosas  dignas de contar.

  Tras haber recorrido placenteramente los siete kilómetros de paseo marítimo natural de Bata, llegué al puerto desde donde parten todos los barcos hacia otros países y hacia Malabo. Tras hacer casi cuarenta minutos de cola, el muchacho de la ventanilla, mirándome con cara de póker, me sonrió sarcásticamente preguntándome que a dónde iba. Yo le pregunté por los horarios y tarifas de los ferrys hacia las Islas Canarias y es cuando me pidió toda la documentación que yo no tenía. ¿Permiso de residencia? ¿Permiso de trabajo? ¿Pasaporte? ¿Visado?...No llevaba conmigo ninguno de esos documentos, por lo que le dije que yo sólo era un turista. Me dijo que debía haber rellenado unos formularios al menos ocho meses antes para solicitar al gobierno mi salida del país.

  La verdad es que yo desconocía que debía hacer todos esos trámites para salir de mi propio país, aunque en realidad no es lo complicado, lo difícil es que acepten tu entrada en otro, en este caso España. Creo que debía haberme informado antes de haber salido. Pero no importa, ya no tengo tiempo de volver hacia atrás, aceptaré mi condición de ilegal y ya está, vaya donde vaya.

  Cortésmente le he dado las gracias al chico de la ventanilla y yendo por donde había venido, recorriendo no tan placenteramente los siete kilómetros de paseo marítimo natural de Bata, en donde casi corriendo he visto el atardecer más bello que jamás había visto nunca, he llegado a la tienda en donde esta mañana me he bebido la coca cola. Iba desesperadamente buscando a Carmen, pero ella ya no estaba allí; ha terminado su turno, me ha dicho el encargado, pero me ha dicho donde vive y donde la podría encontrar.

  Carmen vive muy cerca del establecimiento de la coca cola, como yo le llamo, a dos manzanas de allí concretamente. Tras haber preguntado a varios vecinos he dado con su domicilio. Es una casa que, por fuera, parece grande, de cal blanca pero con muchas grietas y desconchones. Tiene una enorme puerta verde, he llamado y ¡ahí estaba ella!, estaba tan contento que parecía haber visto a mi propia madre. Me ha mirado con indiferencia preguntándome qué quería. Cuando le he contado cuales eran mis intenciones…casi me cierra la puerta en las narices, pero acto seguido me ha invitado a entrar. No me equivocaba cuando pensaba que era una persona estupenda. Me ha invitado a cenar junto con sus cuatro hijos y tres sobrinos, todos ellos muy pequeños y muy guapos. Carmen cuida de sus sobrinos desde que su hermana murió hace ahora dos meses y medio, el padre de éstos despareció hace tiempo.
               





  
 Cuando todos los pequeños se han ido a la cama nos hemos quedado hablando largo y tendido. Ella me ha ofrecido la posibilidad de viajar de incógnito en el barco en el que trabaja su marido Francisco. Él es pescador y pasa largas temporadas fuera de casa, pero mañana vuelve a pasar unos días de descanso para partir hacia Malabo y desde allí a Tánger. La verdad es que no puedo perder mucho tiempo, pero me tendré que adaptar a las circunstancias. Después de esto me ha dicho que puedo dormir en una de las habitaciones junto con los niños, y aquí me encuentro rodeado de niños que no conozco, en una casa en la que soy un auténtico intruso y escribiendo a la luz de una vela que Carmen me ha dejado encender.

  No me imaginaba mi primer día fuera de casa así. Me imaginaba dormir en una pensión de mala muerte rodeado de mosquitos o en un incómodo asiento de los ferrys que parten de Bata hacia otros países. Como experiencia no ha estado nada mal. Me duelen las piernas de tanto andar, pero aún tengo todo el dinero que me llevé de casa, excepto lo que he gastado en la famosa coca cola. Voy a dormir, mañana hasta que pueda hablar con Francisco iré a conocer la ciudad y veré si encuentro la manera de salir de aquí. Mi rumbo parece torcerse un poco, pero confío en la suerte de nuevo. Echo de menos el beso de mi abuela de buenas noches, pero supongo que me tendré que ir acostumbrando.

CAPÍTULO 3

          -Paseando por Bata

                Son las 9:00 horas de una mañana cálida del mes de julio, húmeda y soleada. En el segundo día de mi particular aventura, me he despertado en casa de Carmen después de una placentera noche. Los niños me han dejado dormir, no sé si ellos podrán decir lo mismo.  Carmen me ha dejado preparado el típico desayuno guineano compuesto por unos bocadillos, acompañados de un vaso de leche preparado con leche condensada. Además me ha dejado unos buñuelos  de plátano Makalá, que guardaré en la mochila para comer a media mañana, acompañados de un té africano llamado contriti de excelente sabor. Pienso que no hubiera desayunado mejor en ningún hotel de la ciudad.
 
                Me he duchado en el baño de la vivienda con agua templada, no potable pero clara. Me he cambiado de camiseta, de calzoncillos  y de calcetines, y la ropa de ayer,  que estaba polvorienta del viaje con Manuel en su maloliente camión de estiércol, la he lavado en la pila que se encuentra en el patio. La he tendido y me he lanzado al centro de la ciudad.

                Bata, como ya sabéis es una de las ciudades más cosmopolitas de Guinea y también de toda África. También es conocida como “ciudad del amor”, debido a su  vida nocturna, así como por sus numerosas discotecas, bares y hoteles de lujo. Si os soy sincero, nunca he estado en ninguna discoteca y, por supuesto, en ningún hotel de lujo.  Otra de las cosas de las que me he enterado es que en Bata hay numerosos centros de salud, además del  famoso Hospital regional en donde la mayoría de los médicos son cubanos o españoles. ¡Cómo me encantaría conocer Cuba! Además de éste,  está el policlínico La Paz, que es uno de los centros de salud más modernos y  tecnológicos de toda África. Con suerte, no tendré que visitar ninguno en mi breve, espero, estancia en la que está llamada a ser la ciudad africana más prometedora del siglo XXI.

                Una vez en el centro de la ciudad, he visitado el Gran Mercado Central en donde he podido disfrutar de los verdaderos olores africanos. El arroz y el pescado son dos de los productos estrella de mi país. Aunque la fruta es lo que más me gusta, y sobre todo la piña. En cuanto a la carne, es la gallina la reina de todos los platos. Después de visitar el mercado me he acercado a la catedral, que data del siglo XVII, pero no he podido visitarla pues estaba cerrada. La catedral es de planta rectangular, de fachada blanca, con tres arcos de entrada y flanqueada por dos torres campanario. La verdad es que no tiene nada que ver con las catedrales barrocas características del siglo XVII en Europa que he visto en los libros de Historia del Arte, pero no está nada mal. Justo al lado de la catedral está el Palacio Rojo, que hoy alberga la Comisaría Central de Policía de Bata.

                De la catedral me he dirigido a la Plaza del reloj, llamada así pues hay una torre con un gran reloj que la corona, también es llamada de la Libertad. Allí he conocido a un anciano que me ha estado explicando brevemente la Historia  de la ciudad. Por lo visto la ciudad fue fundada sobre una pequeña aldea habitada por una tribu de la etnia combe. A partir de 1907, una vez consagrada la colonización, se convirtió en un pequeño puesto militar habitado por no más de 240 personas, de los cuales treinta y siete eran de raza blanca; veintiún españoles, nueve franceses y tres británicos; el resto eran africanos. Una de las actividades mercantiles más importantes era la trata de esclavos, es decir, la venta de personas, pero cuando llegó la prohibición de esta nefasta tarea, los colonizadores se dedicaron a la explotación forestal del ébano y la caoba. En la década de los sesenta, Bata contaba con unos 3500 habitantes de los cuales un tercio no eran africanos. Es curioso el incremento tan acelerado de la población en tan poco tiempo. Si tenemos en cuenta que en la actualidad es poblada por unos 170.000 habitantes, el crecimiento ha sido vertiginoso.

                Después de tomarme los buñuelos en un banco de la Plaza de la libertad y de haberme despedido de mi longevo amigo, me he dirigido hacia el  Bulevar de Juan Pablo II, llamado así en honor al anterior Papa de Roma, pues  os diré que en Guinea el 80% de la población es católica aunque también existen otras modalidades cristianas. El resto de la población profesa el Islam o pertenecen a religiones animistas, es decir, que veneran objetos de uso cotidiano o elementos de la naturaleza a los que dotan de alma y llegan a convertirse en sus propios dioses. Yo la verdad es que no entiendo muy bien el tema de la religión, en casa no se suele hablar de ese tema, se respeta, pero si os digo la verdad no sé ni de qué religión son mis padres, si es que son de alguna de ellas.  Si tuviera que elegir alguna elegiría la animista por su carácter misterioso y espiritual, pero de momento no me ha dado por eso.

                En este momento son las 15:00 horas, no he comido nada desde que devoré los buñuelos de Carmen y el estómago parece quererme hablar, no es normal que con las horas que son aún no haya comido. Ahora iré hacia los lugares en donde se encuentran los Palacios más emblemáticos de la ciudad y de camino pararé en un supermercado a comprar un bollo de pan y algo de embutido, que es lo que solía cenar en casa todas las noches. Después debo apresurarme a llegar pronto a casa de Carmen, pues Francisco me estará esperando a eso de las 22:00 horas.

          -El plan de la huida

                Después de haber visitado, solamente por fuera,  los Palacios África y el Palacio de la Cámara de los Representantes del Pueblo, que viene a ser el Parlamento, me he dirigido hacia el puerto para estudiar bien cada una de las zonas por si me hace falta para cuando Francisco  me explique a donde tengo que dirigirme. La verdad es que no parece tan complicado salir de allí, pero me tendré que documentar antes, sin duda.

                Se me ha hecho demasiado tarde y me han entrado las prisas de última hora para volver a tiempo a casa de Carmen. Antes de irme me he pasado a ver de nuevo el maravilloso paseo marítimo, envidia de los occidentales, y por supuesto, su atardecer. Creo que he sido testigo de excepción de una de las puestas de sol más espectaculares que existen. Los colores rojizos del cielo parecían evocar un mundo irreal.  He permanecido bastante tiempo oteando ese fenómeno natural y ha sido inevitable no acordarme de mi padre, de mi abuela y de mi madre. Nunca me hubiera perdonado no haber visto desaparecer el sol en  la playa de Bata. El cielo y el mar se han unido por un momento para dar paso al sol que parecía perderse entre ambas magnitudes.








Ya estoy de nuevo en la habitación de los niños, mi vela encendida, mi lapicero y mi cuaderno de viaje. Conocer a Francisco, el marido de Carmen, ha sido una experiencia estupenda. Se nota que es un hombre de mundo y cuando habla parece que estuviera contando uno de esos viajes en los  que sin darte apenas cuenta te has convertido en el protagonista. Por su trabajo, pescador, conoce muchos países, aunque no es un turista cualquiera, como él dice. Se ciñe a pescar en alta mar y llegar a los diferentes puertos pesqueros a repostar y a entregar la mercancía. Cuenta las horas, dice cabizbajo, para llegar a casa y poder abrazar a su mujer y a sus hijos; bueno, y a sus sobrinos también. Con su salario y el de Carmen consiguen sacar adelante a toda la familia. No tienen muchos lujos, ninguno diría yo, pero nunca faltan exquisitos manjares en la mesa a la hora de comer. En realidad ese es el lujo más grande que alguien puede tener hoy en día, y más en África, en donde mueren diariamente miles de niños debido a la malnutrición y las enfermedades provocadas por ello.

                Hemos estado hablando de mí, de por qué mi viaje, de por qué ese interés en salir de mi país y dejarlo todo…en definitiva el ¡por qué! Después de haberle expuesto mis inquietudes me ha sonreído y me ha dicho, “Elewa, llegarás lejos, espero que consigas tu sueño, aunque con el brillo que se te pone en los ojos cuando hablas de ello, estoy convencido de que lo conseguirás”. No os podéis imaginar lo orgulloso de mí mismo que me he sentido, ¡no cabía en mí de gozo! Pero seamos cautos, Francisco me ha advertido de todo lo malo que me puede pasar, y aunque le he escuchado detenidamente, creo que no he sido consciente, hasta ahora que estoy en la cama, de los peligros que me pueden acechar.

                Cuando hemos llegado al apartado de cómo salir de país, el tono de la conversación se ha tornado a serio. Me hablaba de una forma que, en un principio,. parecía que estaba enfadado conmigo; luego me he dado cuenta de que lo único que quería conseguir es que no cometa ninguna imprudencia con respeto al plan que hemos ideado.

                En el puerto de Bata, según me ha dicho Francisco, trabaja un amigo suyo y de la familia que se dedica a introducir ilegalmente a personas en pequeñas barquichuelas de pescadores que faenan entre Bata y Malabo. Una vez en la capital son guiados a un barco de mayores dimensiones llamado La Blanca en donde los ilegales son escondidos en la bodega de éste. Mohamed es el encargado de todo el tinglado. Si en algún momento las fuerzas de vigilancia del puerto o la policía les descubren, ni éste ni nadie se hace responsable de nada. Todo el proceso me costará al cambio 300 euros, algo más de la mitad del dinero que llevo, pero en esto no me importa invertirlo. Me han advertido que el precio no es muy asequible, sobre todo por las pocas opciones de éxito que me aseguran. El 75% de los que lo intentan son arrestados, pues las medidas de seguridad son muy estrictas.

                Me encuentro bastante nervioso, creo que en cualquier momento me voy a poner a temblar y ni siquiera  sé si voy a ser capaz de escribir. Mañana me espera una de las misiones más difíciles de mi viaje. Esta noche no me puedo permitir el lujo de dormir demasiado, pues debo estar en el puerto a eso de las 5:00 horas de la madrugada. Mohamed me estará esperando en uno de los embarcaderos que ya tengo localizado. Siempre lleva un sombrero de paja, por lo que espero que sea fácil  de identificar.  Bajaré a recoger la ropa que tendí esta mañana, que no estamos para derrochar. Tengo miedo.


          -La Negra y La Blanca


              Son las 4:15 horas de la madrugada, me he levantado con el estómago tan cerrado que no he sido capaz ni de desayunar. Antes de estrechar mi mano con la de Francisco y darle un beso y un gran abrazo a Carmen, he  preparado el dinero que tendré que entregar a Mohamed, ni un franco más ni un franco menos.


             Francisco se ha brindado a llevarme al puerto, pero me he negado en rotundo pues si alguien me ve con él por allí puedo levantar sospechas y además perjudicarle a él. Abandono, y supongo que para siempre, la casa en la que me han tratado tan bien durante mis dos primeras noches fuera de casa. En la habitación de los niños he dejado unas golosinas que compré ayer para ellos a modo de pago por los servicios prestados. El dinero cada vez es más escaso pero confío en que pronto podré aumentar mi capital.

                Durante el camino a pie hacia el embarcadero no he visto a demasiada gente por la calle, y a los que he visto, mejor no habérmelos cruzado. Uno me ha pedido dinero y otro  ha intentado decirme algo  pero no se le entendía nada; iba de acera en acera haciendo eses como si de un pato  mareado se tratara; supongo que vendría de alguna discoteca.

                La luz de la luna ha sido mi mejor compañera iluminando las calles por las que vagaba y haciéndome el camino mucho más seguro. Cuando he llegado a las inmediaciones del puerto, me he detenido a unos cien metros para estudiar la situación, y para ver si Mohamed andaba por allí. Pero nada, poco éxito, allí no había ni un alma. Al fin y al cabo son las 4:45 horas.  De repente, y como si hubiera sonado el despertador de todos a la vez, el muelle ha comenzado a cobrar vida. Numerosas personas, todos hombres, han aparecido de la nada y han dado vida y ruido a un nuevo día. Como no veo a Mohamed decido avanzar  desde mi particular puesto de mando hacia la muchedumbre, pero nadie lleva un sombrero de paja. De repente, y debido al trajín de los pescadores, he recibido un empujón involuntario y me he caído al suelo. Nadie me ha levantado y eso que he permanecido algo aturdido durante un rato sobre el húmedo asfalto.

        La situación empieza a inquietarme pues en el lugar que Francisco me ha indicado no hay ni barca ni barquero. Cuando menos lo esperaba Mohamed ha aparecido. Es un hombre que rondará los cuarenta años de edad, alto, muy moreno de piel y con una fisonomía muy fuerte y robusta. La verdad es que impone. Cuando me he acercado hacia él, con un gesto serio, me ha preguntado por mi nombre y lo primero que ha hecho ha sido pedirme el dinero. Con mis temblorosas manos he conseguido sacarlo y entregárselo casi sin volver a contarlo. Me ha dicho que le siga, pero que lo haga muy disimuladamente y a una distancia de unos cincuenta metros detrás de él. Hemos abandonado el puerto, la verdad es que no sé adonde vamos. Durante más de diez minutos de caminata, Mohamed ni se ha dado la vuelta para mirarme. Tengo la sensación de estar más solo que la una con este tipo.


                Cuando llevábamos veintitrés minutos exactos andando y después de cruzar una arboleda en donde casi pierdo la pista de mi simpático guía personal, éste se ha detenido. Me ha mirado fijamente a los ojos y me ha dicho, ¿Cómo estás? Tendrá poca vergüenza el tío…que como estoy dice, pues mal, estoy cagado de miedo, inseguro, aturdido, hambriento y cansado de andar. Al final le he respondido con un “muy bien Mohamed, no podría estar mejor”. Es la primera vez que he visto relucir sus blancos y perfectos dientes al esbozar una gran carcajada.

                A partir de ese momento la tensión parece haberse difuminado, los nervios también. Me ha estado explicando el plan y la verdad es que está muy premeditado y calculado. ¡Yo que pensaba que era meterme en la barquichuela y ale, para Malabo! Pero por lo que veo cualquier precaución es poca. Según Mohamed si me pillan puedo pasarlo realmente mal. El gobierno castiga con dureza a los que queremos exiliarnos ilegalmente y no digamos a los que cobran por ayudarnos a ello.

                Llegamos a un pequeño y roído embarcadero de madera. La “nave” en cuestión es de color verde decolorada por el sol y en donde se puede leer en letras rojas pintadas a mano “ La Negra”, irónico, ¿verdad? Nos subimos a ella y comenzamos a remar al mismo ritmo y en la misma dirección. Parece que no avanzamos, pero cuando giro mi cabeza para mirar desde donde hemos salido comprendo que sobre el agua la velocidad parece lenta pero la distancia recorrida es considerable. Por fin entablamos una conversación en condiciones. Mohamed dice que cuando lleguemos serán las 12:00 horas aproximadamente, La Blanca nos estará esperando mucho antes de legar a Malabo. Allí subiré al barco que se dirigirá hacia el puerto. Allí se producirá el momento más delicado, pues debemos pasar el control policial aduanero antes de partir hacia…la verdad es que aún no sé hacia adonde vamos La Blanca y yo. Una vez haya pasado el control podré decir que estoy a salvo.




               
             Cuando he visto de lejos la embarcación en la que me fugaré de mi propio país me han entrado unos escalofríos  indescriptibles. Ha sido una sensación agradable. La brisa del mar parece ayudarme a sentirme más fresco, pues hace un sol de justicia, menos mal que soy negro, si no me hubiera quemado seguro. Estamos a punto de llegar cuando Mohamed mirándome fijamente a los ojos me dice lo valiente que le parezco y que él no tendría valor para hacerlo. Es la última vez que hablo con él. En ese momento me espera un bote vacío que debo pilotar yo sólo para dirigirme al barco.

                Cuando he llegado al bote he  vuelto  a sentir ese miedo que te deja frío. No sabía muy bien cómo llevar el bote hasta la trampilla de La Blanca por donde debo entrar a la bodega del navío. Pero al final lo he conseguido, ya estoy dentro. He amarrado el bote con una cuerda al casco del barco y he entrado por donde se me había indicado. Una vez dentro, lo único que escucho es el atronador ruido de los motores y me veo rodeado de enormes cajas de corcho blanco. El barco parece moverse, es la hora de buscar un escondite. Meterme en una de las cajas sería la opción más facilona, supongo que será el primer sitio en donde miren.  Después de llevar un buen rato buscando “el escondite” e intuyendo la llegada a puerto como algo inminente, decido abrir una de las cajas. Está llena de hielo escarchado, supongo que para mantener el pescado fresco, así que con más valor que cerebro me hago un hueco y me meto envuelto en un plástico que he encontrado por el suelo. Me envuelvo bien y como puedo pongo la tapa de nuevo. Una vez dentro, encogido y con un olor a pescado que echa para atrás consigo escarbar y meterme en el fondo de la caja. No tengo demasiado frío, de momento. De repente el barco se detiene, los motores se paran y escucho un mecanismo que me indica que las trampillas están siendo abiertas. Oigo voces, escucho perros ladrar…ha llegado el momento. Tras varios minutos, que se me han hecho interminables, todo vuelve a la calma. He notado que han abierto algunas cajas, la mía no. La Blanca comienza a moverse, ¿habré conseguido salir de Malabo y por ello de Guinea? Creo que sí. Tras aguantar un tiempo considerable dentro de la caja y helado de frío decido hasta en tres ocasiones abrir la tapa. A la tercera ha ido la vencida, he salido y me he encontrado en la bodega de La Blanca con el mismo panorama con el que me encontré cuando entré en ella. Se puede decir que he triunfado. Objetivo cumplido.

                Mientras me siento entre dos cajas de corcho blanco, abro mi mochila y  saco un bocadillo de tortilla fría que me hizo anoche Carmen, no puedo evitar echarme a llorar. Toda la tensión y toda la adrenalina que tenía en el cuerpo ha hecho mella en mí. Me acuerdo de la abuela, de papá, de Manuel, de Carmen, de Francisco, de los niños,del anciano de la Plaza de la libertad, de Mohamed y sobre todo de mi madre. Se puede decir que, pasado este mal trago, estoy lleno, tranquilo, satisfecho y sobre todo feliz, muy feliz.

    CAPÍTULO 4

-  A la deriva

Mi primer día de viaje en la Blanca no ha sido nada del otro mundo, aunque la verdad es que, ¡qué más puedo pedir! Soy un polizón escondido en la bodega de un barco de pescadores que se dirige a no sé dónde y para el cual su única misión es no ser descubierto, además de  buscar alimento, pues las reservas de comida han llegado a su fin después de  haberme comido  el bocadillo  de tortilla fría que me preparó con tanto cariño Carmen la guineana. ¿Qué pensarán? ¿Se estarán acordando de mí? Algún día, espero que dentro de algunos años, vuelva repleto de regalos para los niños y para ellos, y les contaré mis aventuras y desventuras.

Ayer permanecí todo el día en la bodega del barco. De vez en cuando me volvía a enrollar en el plástico para meterme en la caja de corcho blanco, pues me parecía que venía alguien, pero la verdad es que nadie bajó para nada a mi escondite. Dormí del tirón, soportando el ensordecedor ruido de los motores, pero al final uno se acostumbra.

Por la mañana el desconcierto me abrumaba, no podía soportar estar tan sólo y tan hambriento así que he decidido investigar un poco y peinar la zona. Tras subir unas escaleras he aparecido en la cubierta del barco. Al principio no había nadie pues todos estaban desayunando en el comedor. La brisa del océano Atlántico es fresca por estos lares. El infinito horizonte me tranquiliza. He estado mirando al mar durante bastante tiempo. El sonido de éste es increíble cuando se sabe apreciar. ¡Y pensar que debajo de tanta agua existe un verdadero mundo de vida! La verdad es que es fascinante.

Por la situación del sol nos dirigimos hacia el norte y deben ser más o menos las 7:00 horas de la mañana. De repente empieza a escucharse el trajín de los pescadores. Me apresuro a esconderme detrás de una barandilla de la escalera  por la que he subido a cubierta no vaya a ser que me descubran. Estoy en lo cierto, en cuestión de segundos casi todos los tripulantes de La Blanca han comenzado a faenar. Decido dirigirme hacia la puerta por donde han  salido los pescadores y tras cruzar un estrecho y largo pasillo doy con la cocina del navío. El instinto animal que cada ser humano lleva dentro me ha hecho devorar todo lo que me he encontrado sobre la encimera de la cocina. Panecillos, mermelada, leche, té y de postre un plátano. He quedado saciado de verdad y antes de que me descubran he decidido irme de nuevo a la bodega, aunque creo que deberé buscar un lugar más seguro, al fin y al cabo tarde o temprano, deberá bajar alguien al lugar en donde se encuentra mi nueva casa.

Cuando estaba a punto de llegar a mi refugio, ¡sorpresa! Me he llevado el susto más grande de mi vida. He notado como una mano me ha tocado el brazo derecho dándome unos ligeros toquecitos. Al darme la vuelta me he encontrado con un negrito de no más de metro y medio que me ha preguntado si puedo darle algo de comer. Me he quedado mudo, paralizado, asustado, inerte. Sin mediar palabra le he llevado a la cocina, hemos rebuscado entre las sobras que yo he dejado y las de los marineros. Nunca he viso comer a nadie así. Pobre muchacho, da la sensación de no haber comido en varios días.

Tras el reconfortante desayuno de mi reciente amigo hemos vuelto por los mismos pasos que habíamos hecho para llegar a la cocina. Hemos oteado la cubierta y sin ser vistos lo he llevado hacia mi escondite.  Le he preguntado por su nombre, pero no contesta. Le he preguntado si viaja con su padre en este barco, pero no contesta. Le he preguntado si sabe a qué lugar nos dirigimos, pero no contesta. Por lo tanto he dejado de preguntarle. Aun así le he dejado las cosas muy claras. Después de decirle que este es mi escondite y que sólo es mío, que sería peligroso que ambos nos ocultáramos en la bodega y después de invitarle a que se vaya al lugar en donde estaba él oculto, se ha encaminado hacia la caja de al lado de la mía, ha abierto la tapa de corcho blanco y se ha metido en ella, no sin antes decirme que él también viajaba ahí. La verdad es que se me han roto todos los esquemas, pobrecillo, el miedo que habrá pasado el sólo, y encima yo increpándole.  Inmediatamente le he cogido de la mano y le he hecho hueco a mi lado. He recortado el plástico que utilizo para combatir el frío hielo de la caja en dos trozos y se lo he dado para que él también se resguarde. Creo que este es el principio de una buena amistad.

Al cabo de un largo silencio, he cerrado mi cuaderno. Ya he escrito bastante por hoy. Debo encontrar un lugar más seguro, pues en breve los pescadores bajarán para almacenar el pescado del día. En ese momento, y como si de telepatía se tratase, el muchacho ha comenzado a hablar, pero en inglés. Se llama Rashid, que en árabe significa “de buen juicio”. Viaja en el barco para encontrarse con su madre que emigró a Tánger. Dice que conoce un sitio más seguro para ubicarnos durante el viaje, pero que debemos esperar a que todos vayan a comer. He vuelto a abrir mi cuaderno y he realizado algunas anotaciones. Le he dicho a Rashid que lo lea si quiere, pero no entiende nada. Es de Nigeria. Menos mal que entiendo algo de inglés, si no, no sabría cómo comunicarme con él.

Según me ha contado, en su país las cosas tampoco andan muy bien. Su madre emigró embarazada hace ya casi un año, y lo hizo de la misma forma que ahora nosotros lo estamos haciendo. Dice que, gracias a las cartas que le ha escrito su madre, conoce el barco a la perfección. Por eso seguiré sus consejos. Rashid es un chico muy valiente, no le tiembla el habla cuando me explica todo esto. También me pregunto en qué condiciones viajaría su madre pues Nigeria está bastante alejada de Guinea. Primero deben atravesar el país, después deben llegar a Camerún y desde allí hasta Guinea. A diferencia de mí, su viaje ha sido muchísimo más largo. Le he preguntado si ha sido guiado por Mohamed pero no lo conoce. Él ha embarcado directamente desde Malabo, la capital-  isla de Guinea Ecuatorial.

Tras unos minutos de un largo e incómodo silencio, me ha indicado que ya es el momento de subir de nuevo a la cubierta del barco. Una vez allí me ha indicado el lugar en  donde nos esconderemos; son los botes de salvamento en caso de accidente o contratiempos. Pasaremos allí, dice, la mayor parte del tiempo, pero por la mañana volveremos a la bodega.

Nuestra rutina se convertirá en dormir en la cubierta en los botes de salvamento, ir a la cocina a apurar los restos del desayuno de los marineros mientras los cocineros recogen el comedor, después volveremos a la bodega hasta media mañana, que es cuando suelen llevar el pescado a las cajas de corcho blanco para acto seguido volver  a subir a los botes hasta la hora de la comida. Cuando los marineros terminen de comer, repetiremos el ritual de después del desayuno, volveremos a la bodega y  a media tarde subiremos a cubierta a los botes de salvamento hasta la hora de la cena. Cenaremos de nuevo las sobras que encontremos y nos volveremos a meter en los botes hasta la mañana siguiente. La verdad es que sólo de pensarlo me estreso por minutos, pero confío en la suerte. Debemos andar con mucho cuidado en los diferentes trayectos. Deberemos hacerlo de uno en uno y con mucha rapidez y sigilo. Ahora sí, cierro definitivamente mi cuaderno de campo y a ver qué nos depara el destino.

Son las 23:00 horas, Rashid y yo nos encontramos en los botes de la cubierta. Él duerme y yo, a la luz de la vela, que utilizaba en la habitación de los niños de Carmen y Francisco en Bata para escribir, me mantengo despierto para hacer las últimas anotaciones del día. Los planes han salido a la perfección, pero en ocasiones pasamos bastante miedo por si nos descubren. ¿Nos echarían al mar los marineros si nos vieran? ¿Nos entregarían a las autoridades? No sé, mejor no comprobarlo.

A lo largo del día he estado calculando la distancia desde Malabo hasta Tánger, que es definitivamente a donde nos dirigimos. Al menos ya conozco el destino de este primer viaje. Según me ha dicho mi joven acompañante tardaremos nueve días en llegar. Creo que son demasiados. Mucho riesgo. Pero confiemos de nuevo en la suerte, al fin y al cabo tenemos poco que perder y mucho que ganar. Voy a intentar dormir. El balanceo del barco me ayudará a coger el sueño. Mañana amanecerá un nuevo día y en mis ratos libres  aprovecharé para escribir una carta a mis padres. La luz de la Luna se deja entrever por una rendija de la lona que cubre el bote en donde nos alojamos. Se me están cerrando los ojos poco a poco. Buenas noches y hasta mañana.






Han pasado siete días y medio desde que embarcamos y la suerte ha sido nuestra mejor aliada. Nadie se percata de nuestra presencia, esperemos que no se estropee al final.

De entre las cosas más interesantes que nos han pasado durante estos días, cabe destacar el día en que Rashid comió las sobras de un pescado a la hora de la cena que le produjo una indigestión de miedo. Estuvo toda la noche evacuando por su pequeño cuerpecito. Yo lo sujetaba y hacia el mar expulsaba todo lo que le hacía daño a su pequeño estómago. Al principio nos preocupábamos por la situación, pues a cada instante teníamos que salir del bote para que mi amigo hiciera sus necesidades. Al final nos lo tomamos con humor ambos, no podíamos parar de reír cuando analizábamos la situación en la que nos encontrábamos, ¡menuda foto!

Tanta normalidad me inquieta un poco. Es raro que todos los días nos encontremos en la cocina platos de abundante comida, pero al fin y al cabo es lo que nos mantiene en vida. El aspecto de algunos marineros ha cambiado considerablemente desde que salimos. El cansancio se nota en sus rostros; algunos se están dejando la barba, otros están todo el día canturreando canciones mal entonadas, varios de ellos  fuman y otros en sus ratos libres leen o escriben a sus familias. Este último comentario me ha recordado que aún no he escrito a mi madre, cuando llegue a Tánger me pondré a ello. La verdad es que la vida del pescador no es nada envidiable. Se pasan días y días sin ver a su familia, aunque he descubierto que su verdadera familia está aquí. Trabajan duro todos los días y durante muchas horas. En el fondo los admiro.

El tiempo nos está acompañando en nuestra incierta travesía, Rashid perece que ha crecido y todo, pero supongo que serán suposiciones mías, al fin y al cabo sólo ha pasado una semana. En breve nos toca ir a comer, a ver cuál ha sido el menú de hoy, aunque con la poca variedad creo que hoy tocan arroz y gallina. Sea lo que sea estará bueno.

Han pasado tres horas desde que nos fuimos a cenar y no puedo dormir tranquilo sin narrar lo que nos ha ocurrido. Hemos estado cenando las sobras, como todos los días, y cuando nos decidíamos a subir de nuevo a la cubierta para alojarnos en nuestra particular “suite” una grave voz nos ha llamado la atención cuando abandonábamos la cocina. Al girarnos temblorosos nos hemos topado con un obeso hombre blanco, de prominente bigote, con delantal blanco y de gran altura. Era el cocinero de la Blanca. Tras mirarnos fijamente a los ojos ha esbozado una sonrisa que ha hecho que Rashid y yo nos tranquilizáramos un poco. ¿Cómo os llamáis? , nos ha preguntado. Él Rashid y yo Elewa, le he respondido con mucha seguridad. ¿Qué hacéis aquí? Nos ha increpado. Tras un largo silencio y sin poder articular palabra alguna, Rashid le ha dicho que estábamos cenando pues teníamos mucha hambre. Javier, que es el nombre del cocinero, ha empezado a reírse de nuevo y nos ha acompañado a la despensa de la cocina.

Una vez allí nos ha dicho que desde el segundo día de viaje nos tenía localizados. Que si hemos desayunado, comido y cenado todos los días es porque él nos lo ha permitido sin nosotros darnos cuenta. No me lo podía creer. Que tipo más solidario. Nos ha dicho que el motivo por el que hoy se dirige a nosotros es porque la llegada a Tánger es inminente. Por ello, y puesto que ahora viene el momento más delicado del viaje, quiere ayudarnos a salir de allí sin ser descubiertos. Nos meterá en los cubos de basura que descargará en el puerto marroquí de Tánger y desde allí, su colaboración habrá terminado.

Nos ha dicho que mañana llegaremos a la hora de la comida y que todos bajarán del barco excepto nosotros hasta que él nos haga la señal oportuna para descargarnos junto con la basura. ¡Madre mía! ¡Qué tensión! Espero que mañana todo salga bien. Confío en la palabra de Javier. Esta vez, Dios nos ha venido a ver. Por lo tanto, me voy a dormir. Mañana nos espera otro agotador día. Mi sueño empieza a hacerse realidad y todo gracias a la buena voluntad de toda la gente con la que me he cruzado en apenas diez días. Me siento bien, bastante confiado. Me imagino Tánger como una ciudad moderna, con edificios altos por todos lados, con grandes avenidas, con gente agradable. En definitiva, me la imagino como otro paraíso por los que pasaré en mi largo viaje. Sin duda estoy recogiendo los frutos de un trabajo bien hecho. Probablemente mi abuela esté detrás de todo esto, estoy convencido de que me está acompañando y dándome suerte en todas mis andanzas. Gracias por ser la estrella que me guía, gracias por todo Nehanda.


CAPÍTULO 5

-          TÁNGER ( Parte I)

Estamos llegando a Tánger. Desde la cubierta puedo observar el puerto tan deseado en el que bajaré de La Blanca. A lo lejos diviso el perfil de esta ciudad  marroquí. Tras haber pasado por varios países africanos, bordeando la costa atlántica, como Camerún, Nigeria, Benín, Togo, Ghana, Costa de Marfil, Liberia, Guinea Bissau, Sierra Leona, Guinea, Gambia , Senegal y Mauritania, los cuales ni siquiera he visto ni de lejos, estamos llegando a nuestro destino final, Marruecos.

Según me ha contado Rashid, Tánger es una de las ciudades que más al norte de Marruecos se ubica. Es también una de las más cercanas a España y su situación estratégica hace que se convierta en el paso fronterizo más importante entre África y Europa. Su puerto es uno de los más importantes de Marruecos no sólo por las transacciones pesqueras sino también por la gran afluencia de turistas que visitan la ciudad en busca de nuevas sensaciones y nuevos olores, en definitiva en busca de una cultura diferente. Tánger limita al norte con el estrecho de Gibraltar, al este y sur con la provincia de Tetuán y al oeste con el océano Atlántico. Su idioma es el árabe, su religión la musulmana, y cuenta con una superficie que oscila entre los 200 y los  250 kilómetros cuadrados, según las diferentes fuentes. Su población cuenta con alrededor de 700.000 habitantes y la fisonomía del casco histórico  es la característica de los países árabes; casas de color blanco o marrones de adobe, de poca altura, inmersas en verdaderos laberintos y calles organizadas sin ninguna planificación urbanística previa. Es lo más parecido a una ciudad medieval. El resto de la ciudad se complementa con edificios de gran altura, los palacios árabes y las casas del extrarradio. La moneda es el dírham; un dírham equivale al cambio a 0,08 euros, por lo que los europeos  cuando llegan a Marruecos son unos verdaderos privilegiados a la hora de hacer sus compras, las cuales se caracterizan por el regateo; si no regateas en Marruecos nunca realizarás una buena compra. Es más, si no negocias el precio de lo que quieres comprar, los propios vendedores te obligan a ello.

Tras la magistral clase de geografía física y humana que me ha impartido mi joven amigo, nos encaminamos hacia la cocina para seguir las indicaciones de Javier. Éste nos muestra los cubos de basura en los que permaneceremos hasta que el barco quede deshabitado. Nos metemos cada uno en un cubo y a esperar. El olor es insoportable, mucho peor que el  de estiércol del camión que me trasladó desde Kogo hasta Bata. El hedor a pescado podrido me produce náuseas. Tras aguantar un buen rato haciendo de tripas corazón, una gran bocanada de vómito sale por mi boca.

Tras casi dos horas de espera, escucho voces a lo lejos. Me pregunto cómo estará Rashid. Las voces de Javier y otros hombres cada vez son más cercanas. De repente se escucha el  ensordecedor ruido de una de las tapas de un cubo de basura que se ha caído al suelo. Como se les caiga una de las tapas de nuestros cubos estamos perdidos. Noto como el cubo empieza a ser porteado por dos hombres. Desde dentro sujeto la tapa con tanta fuerza que creo haberme hecho una herida en los dedos, pero bajo ningún concepto  la soltaré. Parece que han depositado los cubos en una plataforma pues el sonido de un motor y la sensación de movimiento son evidentes. Cuando todo queda en calma escucho a mi lado como Rashid abre la tapa de su cubo de basura, el continente y el contenido se vuelcan y escucho la voz de un hombre gritando fuertemente y forcejeando con él. En ese momento levanto la tapa muy levemente y veo que lo han capturado. Inmediatamente salgo de mi cubo, estamos en tierra firme, propino un fuerte golpe con la tapa de mi cubo en la cabeza del hombre que tiene a mi compañero de viaje cogido por el brazo. Creo que no le he hecho mucho daño, pero la incertidumbre ha hecho que suelte a Rashid, el cual empieza a correr como una gacela. Acto seguido comienzo a correr en la misma dirección. El hombre medio aturdido se queda inmóvil y nosotros sin parar de correr y sin mirar hacia atrás en ningún momento , corremos y corremos. Tras cinco minutos Rashid para exhausto y yo con él.  Para haber sido el primer susto no ha estado nada mal, pero hemos triunfado. Nos abrazamos, nos reímos, liberamos la tensión y nos sentamos en el bordillo de la acera a hacer balance de lo ocurrido. Hemos estado a punto de ser atrapados, le digo a Rashid, y acto seguido me dice que no podía soportar el olor del cubo .Lo que más me entristece, dentro de mi gozo, es no poder habernos despedido de Javier y haberle dado las gracias. Sin su colaboración probablemente ahora no seríamos libres.

Cuando nos hemos tranquilizado casi por completo y hambrientos como nadie, nos encaminamos hacia las calles colindantes del puerto. La verdad es que no sabemos a dónde nos dirigimos. Por fin llegamos a una calle que se llama Rue dar Baroud. En el número 36 nos encontramos con un bonito edificio con una entrada majestuosa. El edificio se llama Hotel Continental. Tras subir las escalinatas de entrada y acceder por varios pasillos, llegamos a una preciosa terraza con una balconada desde la que se ve el mar. Es una de las vistas panorámicas más preciosas que he visto nunca.  La decoración a base de arcos de herradura es muy bonita. Nos sentamos en una mesa y esperamos a que algún camarero venga a servirnos. “Hoy te invito a desayunar Rashid”, le digo. En unos instantes un apuesto camarero nos mira por encima del hombro y después se encamina hacia nosotros. Nos dice algo que no entendemos, entonces Rashid suelta un “breakfast”  que el camarero parece haber entendido, pero antes de irse nos dice en inglés que si tenemos dinero. Yo asiento con la cabeza con mucha seguridad y me saco de la bragueta el fajo de billetes que llevo. Todo en orden, por fin podremos echarnos algo a la boca.

El desayuno que hemos pedido consta de café con leche, un cruasán con mermelada, unas rodajas de salami y un zumo de naranja. Se llama desayuno continental, igual que el nombre del hotel, y es propio de los países mediterráneos. La gastronomía marroquí es de  exquisita factura, es una mezcla de sabores bereberes, africanos, moriscos, de Oriente Medio y mediterráneos.

Después de haber degustado el maravilloso manjar el camarero nos ha ofrecido un té con menta, muy característico de Marruecos que, por cierto, quemaba como él sólo, pero estaba buenísimo. Tras saborear la menta del té en nuestros paladares hemos planeado nuestro próximo propósito. Lo primero es buscar a la madre de Rashid y después ponerme en contacto con mi primo Abdul. Al fin y al cabo yo donde quiero ir es a las Islas Canarias y más concretamente a Candelaria.

A la hora de pagar el desayuno hemos tenido algún que otro problema. La moneda que yo tengo, los francos guineanos, no son canjeables en Marruecos, pero el camarero ha cogido un par de billetes y me ha dicho que ya se buscará la vida para cambiarlos. Menuda cara se nos ha quedado…

Antes de marcharnos del Hotel Continental nos detenemos de nuevo a observar durante un rato las maravillosas vistas del puerto de Tánger. Pienso si saldré del país por esa vía, o por el contario tendré que buscarme la vida como hasta ahora lo he hecho.




Ha llegado el momento, me dice Rashid, y bajando la escalinata del hotel nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. Como muy bien me había explicado mi compañero de viaje, el centro de Tánger es laberíntico. Todas las calles me parecen igual. Son calles muy estrechas llenas de gente a ambos lados y repletas de bazares en donde parecen vender todo tipo de objetos. Alfombras, pipas para fumar, inciensos, hierbas medicinales, chilabas, babuchas, camisetas de equipos de fútbol europeos, lámparas y un largo etcétera de productos que hacen que los mercaderes subsistan diariamente. A menudo se suelen hacer, dentro de las tiendas, demostraciones de los productos, deslían y vuelven a liar numerosas alfombras que ofrecen a los turistas, hacen demostraciones de productos farmacéuticos naturales…También cabe destacar que entre las tiendas se intercalan otros negocios como peluquerías, talleres en donde se trabaja la madera o la orfebrería y hasta casas particulares que permanecen siempre con la puerta abierta. Pero sin duda, lo que más me ha gustado son los patios de las viviendas decorados con numerosas plantas y con fuentes de agua que transmiten una sensación de tranquilidad envidiable. El agua es muy importante en la cultura musulmana.

 De repente se nos acerca un chaval para ofrecernos unos timbales. ¡Música africana amigo! ¡Música africana! nos ha gritado. La verdad es que ha sido demasiado insistente. Cuando le hemos dicho que no queríamos comprar, inmediatamente, nos ha bajado el precio hasta tres veces. Al volver a encontrarse con nuestra rotunda negativa se ha marchado, pero lo hemos vuelto a ver hasta cinco veces más en nuestro camino. Salía de no sé dónde pero parecía que estaba en todos lados. Al final le he comprado los timbales. Al cambio me han costado tres euros y pedía veinte al principio. Los billetes guineanos no le han echado para atrás, los ha mirado y se los ha llevado tan contento. Supongo que ese dinero le servirá para poder comer, por eso se los he comprado, yo sé mejor que nadie, que es pasar hambre.

Todas las calles que estamos recorriendo pertenecen a la Medina. Las ciudades musulmanas están divididas en varias zonas bien diferenciadas. La medina, el zoco, los arrabales, las murallas y puertas de entrada conforman la fisonomía medieval de este urbanismo tan peculiar. Incluso hay calles sin salida que en algunas ocasiones se cierran por las noches en su puerta de entrada.

Estamos llegando a nuestro destino. Rashid esboza una sonrisa que envidio. Por fin podrá abrazar a su madre. ¡Ojala pudiera hacer yo lo mismo con la mía! Nos detenemos en una plaza en donde hay un montón de hombres fumando en pipa. Las pipas árabes se llaman chibchas. Se les echa agua en el depósito que tienen abajo y con unos trozos de carbón se calienta el tabaco que se deposita en un recipiente en la parte superior de ésta. Es un tabaco de colores y diferentes sabores; de manzana, de fresa, de limón y hasta de regaliz. La verdad es que huelen muy bien.

La madre de Rashid parece que se retrasa. Él, nervioso, no hace más que mirar para uno y otro lado, pero nadie aparece. En el momento más inesperado, a lo lejos se ve a una mujer de color, alta, de figura esbelta, de labios marcados y bella, muy bella. Viene acompañada de un bebé que lleva colgado con un pañuelo del hombro. Sin duda es la madre de Rashid pues éste ha salido corriendo como una exhalación hacia ella. Tras dar un enorme salto se ha abrazado a ella y se han comido a besos. Me acerco y cojo al bebé. Es una niña preciosa; es la niña que llevaba en la barriga la madre de Rashid cuando emigró de Camerún. Mientras  ellos no hacen más que llorar desconsoladamente, se me pone un nudo en la garganta que hace que me una a ellos con un llanto desconsolador. Siempre he sido muy sensible y este momento lo requiere. Como me alegro de lo que estoy viviendo. El amor de una madre a un hijo debe ser indescriptible. Algún día espero sentir esa sensación.

Después del anhelado encuentro, nos sentamos en el mismo banco de la plaza en donde estábamos Rashid y yo esperando, y comenzamos a hablar. Es una mujer muy interesante. Me gusta. Me gusta escucharla hablar. Me gustan sus gestos. Me gusta la ropa que lleva. Podría decir que es la primera mujer en la me fijo con una admiración más cercana al amor que otra cosa. La miro y me entran escalofríos por la barriga. ¿Estaré enamorándome? No creo, pero lo cierto es que  no puedo dejar de mirarla.

Tras un largo paseo hacia la casa de Jeanne, que es el nombre de la madre de Rashid, veo una tienda en donde se puede llamar por teléfono a otros países. Es el momento de llamar a Abdul. Tras entrar en el locutorio y tras marcar el número de mis tíos, que llevo apuntado en mi cuaderno de viaje, una voz femenina se escucha al otro lado. Es la voz de mi tía Christine. Soy Elewa, le digo, y de repente se oye un escándalo en toda la casa que me hace comprobar lo contentos que se han puesto. ¿Cómo estás? No podría estar mejor tía, le respondo, pero necesito hablar con Abdul inmediatamente, es una conferencia. Sin tardar demasiado Abdul se pone al aparato. Estoy en Tánger primo, le digo, y tras un largo silencio me cita para pasado mañana en el puerto de Tánger. La hora no me la puede decir pues aún no sabe a qué hora llegará. No te preocupes por nada, en dos días estoy allí para llevarte a España, me dice. Colgamos el teléfono y Jeanne paga en dírhams al encargado. La verdad es que me ha sabido a poco, ahora la incertidumbre me abruma.

Tras decirle a Rashid que si me acogen durante dos días en su casa, y tras recibir un rotundo sí por respuesta, me enseñan cual será mi habitación para las próximas dos noches, se me indica donde está el baño para acicalarme y me invitan a cenar. La cena de hoy es típica marroquí, cuscús  y carne de cordero cortada en trozos pinchados en un palo de hierro a la que llaman pinchos morunos. Todo está buenísimo. Lavo toda mi ropa en la pila que hay en el patio de la vivienda y me dirijo a mi habitación, que es donde me encuentro ahora mismo escribiendo a la luz de la, cada vez más consumida. vela que me dio Carmen. Repaso todo lo escrito en mi cuaderno y cuento el dinero que me queda. Aún tengo suficientes reservas, o eso creo. Pero hay algo que me inquieta, no sé cual será el plan de mi primo para sacarme de Marruecos, pero conociéndolo, seguro que es una idea descabellada.

Es el momento de hacer balance de lo ocurrido. Es el momento de escribir a mis padres, pero tengo tanto sueño y estoy tan cansado que lo dejaré para mañana por la mañana. He bostezado hasta cuatro veces seguidas. La noche es tranquila, se escucha música africana en el salón, debe ser Jeanne. La relajación que tengo es indescriptible. Mañana será otro día.


-          TÁNGER ( Parte II)


Amanece un fresco día en Tánger. La brisa del mar y el olor a incienso que entra por mi ventana me hace despertar con verdadero optimismo. Me levanto de la cama y echo un vistazo por la ventana hacia el exterior. Justo enfrente de la casa puedo ver un patio maravilloso encalado y adornado en su zócalo con un color añil que  da un colorido increíble al lugar. Las plantas armonizan el ambiente y el sonido del agua de la fuente que se ubica en medio del espacio en cuestión, me resulta muy relajante. El agua, como ya os comenté ayer, es clave en la cultura árabe, purifica el alma y es pieza fundamental para limpiar los pecados. En cada mezquita, que es el lugar  de culto de  los islámicos, se ubica en el patio de entrada una fuente a la que llaman de las abluciones. Todo feligrés debe lavarse y purificarse antes de entrar al lugar sagrado para iniciar la oración. La religión islámica consta de cinco preceptos que todo seguidor de Alá y de su profeta Mahoma debe cumplir; éstos son el ayuno en el mes del Ramadán, orar cinco veces al día, dar limosna, creer en un solo dios Alá y en su profeta y peregrinar al menos una vez en la vida a la Meca, que es el lugar por excelencia del culto musulmán.

Hoy me dedicaré a visitar la ciudad. Rashid aún duerme.  Bajo a recoger mi ropa limpia, hago la cama y me encamino a la cocina a desayunar. La madre de Rashid ha dejado una nota en la que se puede leer lo siguiente: “Me he ido al zoco a vender fruta. A la niña la he dejado con una amiga. Id al mercado a verme y pasamos la mañana juntos”. Puesto que Rashid aún dormita, aprovecho para escribir una carta a mis padres. La carta dice lo siguiente:

“Queridos padres, en primer lugar pediros perdón por no haber escrito antes, pero he estado muy ocupado en estos días de viaje. Ahora mismo me encuentro en Tánger (Marruecos) con unos amigos que me dan cobijo y de comer hasta que venga el primo Abdul a por mí para irnos a Canarias. Durante estos días de viaje he conocido a mucha gente, he gastado muy poco dinero y todos los viajes que  he realizado hasta llegar aquí han sido de lo más placenteros.

¿Cómo estáis vosotros? ¿Y la abuela? Espero que todo vaya bien. Os echo mucho de menos y me gustaría compartir con vosotros cada momento. Aunque físicamente no estéis conmigo yo os llevo muy dentro y sé que me acompañáis allá donde vaya. Puesto que no tenemos teléfono, os envío esta carta. No espero respuesta, sólo quiero que sepáis que yo me encuentro estupendamente. Ya os escribiré en otra ocasión.

                Muchos besos a los tres y hasta muy pronto”

                He releído la carta hasta siete veces. Creo que es demasiado escueta, pero para ser la primera creo que no está mal. No he querido escribir demasiado pues se me pone un nudo en la garganta cada vez que se me ocurre algo bonito que decirles, por eso he preferido abreviar.

                Rashid no se levanta. Me aburro de estar aquí sólo, por ello me decido a abandonar la casa y hacer un poco de turismo. Al fin y al cabo hasta mañana no tengo que irme al puerto a citarme con Abdul. Antes de cerrar la puerta de la casa dejo una nota a mi amigo en donde dice “nos vemos en el zoco”. Como veréis también ha sido una nota de lo más escueta y breve posible.

                Me dirijo hacia el centro de la ciudad. Tras caminar durante varios minutos por las encantadoras calles de Tánger me topo con una oficina de turismo. Entro y pido un plano callejero de la zona. En el folleto también hay un apartado en donde se resume la historia de la ciudad.




                Desde su fundación en el año 1450 antes de Cristo por los fenicios, Tangis (Tánger) ha sido un lugar de paso de las diferentes culturas que ocuparon el Mediterráneo y más concretamente el norte de África, en su paso hacia Europa. Los cartagineses, los griegos y los romanos también hicieron de Tánger uno de los puertos estratégicos más importantes, por su magnífica situación geográfica, en lo referente al comercio marítimo. Tras la caída del Imperio Romano en el 476 fueron los visigodos y los bizantinos, los que ocuparon ciertas tierras hasta que Muza, un competente miembro de la administración Omeya procedente de Yemen, la ocupó allá por el año 705 para iniciar desde allí la conquista y ocupación de la Península Ibérica. Era la llamada expansión del Islam. Muza, junto con Tariq que fue el lugarteniente del califa de Damasco, derrotaron a Don Rodrigo, gobernante visigodo entonces de la Península Ibérica, en la batalla de Guadalete en el año 711. A partir de ese momento los musulmanes ocuparon España durante casi ocho siglos de historia. Abderramán III, el califa, se adueñó entonces de enclaves del norte de África como Ceuta, Melilla y Tánger, instaurando en esta última ciudad la cultura y religión islámica de la cual aún hoy es heredera. Pero tras la caída y agotamiento de la dominación musulmana y en plena Edad Moderna, fueron los portugueses, en su afán de incluir nuevos descubrimientos geográficos a sus dominios, los que ocuparon la ciudad hasta el año 1661. Tras éstos, vino el dominio británico fruto del enlace matrimonial de la hija de la reina de Portugal con el heredero a la corona inglesa. Pero fue el sultán Ismail de Marruecos el que consiguió que los ingleses abandonasen Tánger definitivamente a finales del siglo XVII. Durante los siglos XVIII, XIX y XX Tánger siguió perteneciendo a Marruecos pero debido a los diferentes conflictos internacionales como la colonización de África o el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad se convirtió en base de operaciones militares de países de la talla de Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania o España. En 1956, con la independencia de Marruecos, es cuando Tánger fue reconocida internacionalmente como ciudad anexionada a este país (1960). Y hasta hoy ha permanecido tal y como la conozco yo ahora.
               
               Estoy entrando en la zona turística de la ciudad. Al oeste de la Medina se sitúa la Kasbah en donde está el palacio de Dar el- Makhzen. Es un palacio del siglo XVIII, y éste alberga el Museo de Artes Marroquí. Echo un vistazo a la fachada, pero no me decido a entrar. La verdad es que no he visitado ningún museo en mi vida, pero cuando lo haga me gustaría visitar los museos más importantes del mundo como el Louvre francés, El Museo del Prado en España, El Moma en Nueva York o The National Gallery en Londres. La verdad es que me he puesto el listón muy alto, pero es algo que algún día me gustaría realizar. En definitiva, soy un enamorado del arte.

                Cerca del palacio están los jardines del Sultán. Hablo con el guarda de la entrada y me deja pasar a echar una ojeada rápida. Al entrar me encuentro con uno de los jardines más bonitos del planeta, o eso me parece a mí. Las hierbas aromáticas e hileras de limoneros y naranjos hacen de él un rincón idóneo para un paseo romántico. La mezcla de olores despierta en mi pituitaria una sensación indescriptible. Los cítricos son pieza fundamental de la cultura árabe, sobre todo en los países mediterráneos.

                Me decido a adentrarme aún más en las laberínticas callejuelas de la Medina. Desde la Kasbah me dirijo hacia las inmediaciones de la plaza del Zoco Chico. Las evocadoras estampas y manifestaciones gráficas del pintor romántico francés Eugéne Delacroix hacen parecer que me encuentro casi tres siglos atrás. De repente empiezo a escuchar el sonido de una voz masculina hablando en árabe que proviene de no sé dónde. Es la llamada a la oración de los musulmanes. Me detengo, me giro unos 180 grados y me topo con un majestuoso edifico, es la Gran Mezquita de Tánger.

                De fachada blanca y de poca altura, la mezquita tiene una puerta de entrada coronada con un arco de herradura algo apuntado enmarcado en un alfiz decorado con colores verdes  y marrones. A ambos lados de la puerta, dos arcos de herradura flanquean el edificio. Al fondo puede verse una enorme torre rectangular decorada con motivos geométricos, es el  alminar o minarete, desde la cual el muecín llama a los creyentes a la oración  en cada uno de los cinco momentos del día reglamentados para ésta. La llamada dice: 


                            “Alá es el más grande ( repetida cuatro veces ),
                             declaro que no hay más dios que Alá ( cuatro veces), 
                             venid a la azAllah (  dos veces), 
                             venid al triunfo ( dos veces), 
                            Alá es el más grande ( dos veces) ,
                            no hay más dios que Alá "( una sola vez para concluir la llamada).


           El creyente va repitiendo los versos mientras se acerca a la mezquita o se prepara para la oración en su casa o en cualquier otro lugar.

                La Gran Mezquita de Tánger fue construida en el año 1685 por Moulay  Ismail y se ubica en la plaza 9 de abril en el Zoco Grande. Rodeada de cafés y viejos hoteles fue, en tiempos de la Roma Clásica, el foro de la ciudad. Incluso en ella se hallaron restos romanos del Capitolio y de su antiguo templo dedicado a Hércules. También fue ocupada por los portugueses, en aquella época fue la Catedral del Espíritu Santo. A finales del siglo XIX fue reconstruida creándose así la mezquita de tipo alawita (una de las ramas del Islam a la cual perteneció la dinastía marroquí que fundó y reinó Marruecos) que podemos ver en la actualidad.             

                Me siento en una de las terrazas de la plaza a tomar un exquisito té con menta. Observo detenidamente el bullicio y el ajetreo de personas que van de un lado para otro. En un rincón de la plaza unos hombres fuman en pipa, vestidos con la tradicional chilaba; algunos llevan turbante. Otros en grupo charlan entre ellos. Los que más me llaman la atención son dos ancianos que están sentados jugando a un juego de mesa. Le pregunto al camarero y me dice que están jugando al “backgammon”. Se trata de uno de los juegos de mesa más antiguos de los que se tienen registros.  Su origen se remonta al antiguo Egipto o a Mesopotamia. Es un juego sencillo, pero cargado de profundos elementos estratégicos. Una partida suele durar entre cinco y treinta minutos. El tablero se divide en dos partes iguales y cada una de ellas tiene doce casillas formadas por triángulos alargados. Cada jugador tiene quince fichas que va moviendo entre los triángulos según el resultado que saque al tirar los dos dados. El objetivo del juego es ser el primero en conseguir mover sus quince fichas fuera del tablero.

           Tras tomarme el té con menta me dirijo hacia la puerta de entrada de la medina, que es la misma que la del Zoco Grande. Un gran arco de herradura apuntado de color blanco, me indica que he llegado a mi destino. En la puerta de entrada hay mujeres campesinas vendiendo hortalizas que ellas mismas cultivan. En un rincón veo a Jeanne y Rashid. Me acerco a ellos. Ambos me saludan y sonríen a la vez. Me ofrecen una naranja que está buenísima. “Hoy comeremos fuera” dice la madre de Rashid, “además os llevaré a conocer las calles de la ciudad".



                El sol cada vez incide más directamente sobre nuestras cabezas. Tras dar un paseo por las callejuelas de la medina, nos detenemos a comer algo en la plaza 9 de abril, llamada así pues ese día, pero del año 1947, el rey  marroquí, Mohamed V, promulgó la independencia de esta provincia y la unificación del Reino. Un par de shawarmas, también llamados kebabs, de cordero, dentro de un pan de pita, acompañados de diversos vegetales y un trozo de queso de cabra componen el menú del día. Para beber, agua.  Tras comer, Jeanne me invita a otro té, pero esta vez me aconseja tomar un pakistaní con leche, al tiempo que pide una chibcha para fumar. “Nunca he fumado” le digo; mientras sonríe dulcemente me dice, “siempre hay una primera vez”. Conforme el camarero se acerca con la chibcha repleta de tabaco de manzana me pregunto si  me sentará mal, me marearé y haré el ridículo más espantoso. Tras unas cuantas bocanadas de humo blanco y sus toses correspondientes, creo que he aprendido a fumar. La mezcla del sabor del té y del tabaco me resulta excitante al paladar.

                Después de haber fumado por primera vez, nos encaminamos hacia una de las calles colindantes de la medina. El muecín vuelve a llamar a los fieles a la oración. El sol ha cambiado de posición y el fresco aire que procede del mar hace que la temperatura sea muy agradable. De pronto un grupo de personas se agolpan y rodean a un pequeño número de camellos. Nos acercamos al lugar y nos ofrecen montarnos en ellos. Rashid se sube en uno. Yo prefiero dejarlo para otra ocasión. Aun así, me dan una cuerda atada del hocico de un camello pequeño y me ponen un gorro rojo. Me hacen una foto y me piden una moneda. La madre de Rashid ya se ha encargado de pagar por los dos. Después nos dirigimos hacia otra de las calles colindantes en donde vemos a un hombre tocando una flauta y sacando una serpiente de un cesto, la verdad es que es un número de lo más atractivo.

                El atardecer toca su fin. Es la hora de irnos a casa a descansar. Con todas las cosas que he hecho hoy no me ha dado tiempo ni a pensar en Abdul. Antes de meterme en mi habitación agradezco enormemente a Jeanne y a Rashid todo lo que han hecho por mí y lo a gusto que me han hecho sentir con ellos. Doy un fuerte abrazo a Rashid  y ambos nos echamos a llorar. He pasado mucho tiempo con él y he vivido experiencias buenas, y no tan buenas, en la Blanca, que jamás olvidaré. No me gustan las despedidas, por eso, doy un beso a Jeanne y me meto en la cama. Mañana de madrugada partiré hacia el puerto de Tánger, mi válvula de escape de Marruecos hacia España.

CAPÍTULO 6

- De África a Europa

          Son cerca de las seis y media de la mañana, me levanto de la cama sigilosamente para no despertar a nadie. Cojo mi mochila, hago inventario para no dejarme nada y me decido a salir. Abro la puerta, pero algo me dice que no puedo irme así. Por lo tanto me dirijo a la habitación de Rashid, entro con sumo cuidado, me acerco a darle un beso en la mejilla y susurrándole al oído un " hasta siempre" le doy la espalda y camino unos pasos hacia la salida. Antes de cerrar la puerta del dormitorio se oye la voz de Rashid que dice " te echaré mucho de menos, brother". Acto seguido una lágrima resbala por mi mejilla derecha, no vuelvo a darme la vuelta bajo ningún concepto, la situación me supera. Cierro definitivamente la puerta y me marcho.


          Las calles desiertas de Tánger me recuerdan a las de Bata cuando iba en busca de Mohamed para salir de Guinea Ecuatorial, pero ahora el encuentro será diferente, Abdul me esperará en el puerto y por fin podré salir del continente africano. Mientras abandono la medina y me acerco al puerto voy haciendo balance de los dos días tan enriquecedores que me ha ofrecido la ciudad de Tánger. Sin duda me llevo muy buenos recuerdos de aquí, por un lado la calidad humana de mis amigos cameruneses, por otro las sensaciones que ha despertado en mí esta cultura. De recuerdo me llevo una chilaba blanca, impoluta, que aún no he estrenado.


          Por fin veo el puerto de lejos. Las grúas y barcos hacen ver la importancia del lugar, verdadero puente de conexión entre África y Europa. Sin duda me encuentro en uno de los puertos más importantes del mediterráneo. Lo voy a tener complicado para encontrar a Abdul, aunque probablemente ni haya llegado aún. Me acerco a ver los paneles de información de los barcos de turistas que llegan tanto de Tarifa como de Algeciras, anoto las terminales y los horarios de llegada. A las 10:30 horas llega uno de Algeciras, a las 12:00 horas un ferry desde Tarifa. Aún quedan dos horas y media para la primera llegada, por ello iré a desayunar algo. A lo lejos veo un bar de pescadores, me dirijo hacia él y me decido a entrar. El bullicio es increíble. Pido un café expreso y unas galletas y pago mi consumición con unos dírhams que me facilitó anoche la madre de Rashid. He gastado poco tiempo así que me dirijo hacie el embarcadero hasta que llegue mi primo.





          Me siento mirando hacia el mar con la mirada perdida hacia el horizonte. Me pasaría horas y horas mirando sin pensar en nada. Cuando me pongo enfrente del fuego me ocurre lo mismo, no hace falta pensar en nada, sólo en como la naturaleza nos ofrece estos fenómenos. Han pasado tres cuartos de hora desde que desayuné. En la explanada del puerto se agrupan numerosos hombres provistos de chilabas que sujetan carteles con nombres escritos en alemán, inglés, francés y español. Son los guías turísticos que enseñarán la ciudad a los próximos visitantes. Al otro lado de la planicie hay una larga cola de gente con sus equipajes. Son los próximos en salir de Tánger. Supongo que en una de esas colas estaré yo dentro de un rato, lo que aún no sé es como saldré del país.


          El barco desde Algeciras acaba de llegar. Me acerco a las inmediaciones de la terminal para ver si Abdul viene en él, pero nada. Ni rastro de mi salvador. Tendré que esperar al próximo ferry. De repente veo como llegan numerosos efectivos de la policía al puerto. Me tiemblan las piernas. Cada uno se ubica en cada una de las colas de pasajeros, miran a la gente y les piden la documentación. Espero que Abdul haya contado con ello.


          El calor es asfixiante. El sol cada vez está más alto. La cabeza me arde. Me refresco la nuca con un poco de agua que llevo en una botella. Ahora me siento mucho mejor. A lo lejos se ve llegar uno de los barcos más grandes que he visto en mi vida. Debe tratarse de uno de esos cruceros que navegan por el mediterráneo repleto de pasajeros que van parando en diferentes países en su trayecto. Tras un rato desembarcan numerosos pasajeros dispuestos a descubrir los encantos de Tánger.


         Son las 11:45 horas, el ferry procedente de Tarifa está próximo a llegar. Diviso a lo lejos la embarcación en cuestión. Observo cómo dos policías se acercan a la terminal donde arribará el barco. Ideo un plan para no ser considerado sospechoso y no estar en el punto de mira de la policía. Encuentro un trozo de cartón de una de las cajas de la basura del puerto, lo recorto milimétricamente y escribo en letras grandes " ABDUL, HOTEL CONTINENTAL". Acto seguido me pongo la chilaba que compré ayer. Ahora sí que parezco uno de esos guías turísticos de los que reciben a los pasajeros. 


          ¡Allí está! ¡Es él! La primera impresión que me da al verlo después de tanto tiempo, es que está hecho un hombre, y eso que sólo me saca dos años. Yo tengo treinta años y Abdul treinta y dos. Al verlo un gran cúmulo de recuerdos me vienen a la mente, pero no es momento de ponerse melancólico. Con semblante serio me mira y me hace un ademán de que no me acerque a él. No entiendo muy bien el por qué, pero le hago caso y cuando pasa por mi lado ni le miro. Me doy la vuelta y controlándolo a lo lejos, le sigo. Tras un buen rato caminando y ya en plena medina se para, se sienta en una plaza y cuando voy acercándome a él salta del banco en donde estaba sentado, se acerca a mí y nos abrazamos. El abrazo es tan fuerte que creo  haberme roto una costilla.
 
         "¡Qué grande eres Elewa! ", me dice. "Y que pintas tienes con la chilaba". Tras un rato de conversación me dice que no ha dejado que me acerque a él en el puerto pues, según el plan que tiene, es mejor que la policía portuaria no nos vea juntos. Dice, que aunque parezca que todos los negros somos iguales, no es así, y que este tipo de guardias tiene una muy buena memoria fotográfica. 


          El plan consiste en lo siguiente. Puesto que Abdul tiene la nacionalidad española con su correspondiente Documento Nacional de Identidad y su pasaporte en regla, y puesto que para los viajes de ida y vuelta en el mismo día, de España a Tánger, sólo necesitas el DNI; Abdul me dará su pasaporte para poder cruzar la frontera. Ahí es donde viene el mayor inconveniente;una opción es  falsificar la foto del pasaporte poniendo una mía, la otra, intentar entrar con la foto de él. Nuestro parecido es poco razonable. Yo llevo rastas y el pelo a media melena, él va rapado al uno. Nuestro rostro sí que es bastante parecido, pero no me me fío de que la policía del puerto me descubra.


          Tras unos minutos estudiando la situación decidimos que la idea de falsificar la fotografía es demasiado arriesgada, aunque no menos es la otra opción, pero es lo que hay. Nos encaminamos a una de las barberías que vi en mi visita a la ciudad ayer y me rapo el pelo al uno, igual que él. Nuestras madres nos distinguirían, pero la policía tal vez no. No hay otra opción. Ya sólo queda confiar en la suerte. A las 16:00 horas parte un ferry de vuelta a Tarifa, a las 18:00 horas hay otro. Yo partiré en el primero y si hay suerte Abdul en el segundo. Si por el contario me descubren, mi primo me esperará en Tánger para idear un plan B, el cual aún no está ni gestado.


          Tras pasear por la medina y comer un Kebab de ternera voy al puerto y saco mi billete. Pasaporte en mano y con más miedo que nunca, me sitúo en la antes anhelada cola de pasajeros, ahora me parece el mismísimo corredor de la muerte. El policía que se sitúa en la parte derecha de la fila me pide la documentación. Me mira fijamente a los ojos y me pregunta que qué llevo en la mochila. Inmediatamente la abro y se la enseño. "He venido esta mañana a conocer la ciudad, puede registrarme si lo desea", le digo. Me da paso rápidamente y cruzo la pasarela del ferry que me llevará a España. La emoción me invade, por fin he conseguido superar la barrera más difícil. Ahora a esperar la llegada de Abdul.

         Después de dos horas de trayecto, he llegado a Tarifa tras un placentero viaje. El ferry es bastante más cómodo que La Blanca. Lo sillones del interior son de lujo, muy cómodos. Antes de llegar a mi destino he salido a la cubierta para ver la llegada a España, concretamente a la provincia de Cádiz. Tras pasar por la aduana y depositar mi mochila en el detector de metales, el cual no ha sido ni mirado por un policía vestido de verde, salgo de las inmediaciones del puerto y me siento tranquilo en el embarcadero hasta que Abdul llegue en el siguiente barco.





         A las 20:00  horas, Abdul llega a Tarifa. El viento es insoportable; es el llamado levante. Precisamente por este viento la localidad es famosa, pues los surfistas encuentran aquí su hábitat natural, su particular paraíso.  Abdul me dice que esta noche dormiremos en un camping que conoce cerca de la localidad. Tras una considerable caminata llegamos al camping Paloma. No tenemos tienda de campaña ni sacos de dormir por lo que alquilamos un bungalow para dos personas. Probablemente sea una de los campings más grandes que he visto nunca. Está repleto de gente de todas las nacionalidades. Llegamos a nuestro refugio y echamos un vistazo a las instalaciones. Es muy pequeño pero dispone de salón con frigorífico y cocina americana, un sofá, unas sillas y una mesa. Además hay un televisor que ni encendemos. El resto del bungalow está formado por una minúscula habitación en donde sólo cabe una cama de matrimonio, un cuarto de baño y otra habitación muy pequeña con una litera con dos camas. A la entrada hay un pequeño porche provisto de una mesa y dos sillas. La humedad es bastante considerable, ambos sudamos de lo lindo, pero al mismo tiempo esbozamos una sonrisa que hace ver la importancia de nuestro éxito. Sin cenar apenas y exhaustos nos vamos a la cama. Abdul me cede la de matrimonio, yo accedo sin mucha  resistencia. 


          Tras anotar todas mis impresiones del día en mi cuaderno de campo, me tumbo en la cama y me decido a dormir. De momento Europa está en mis manos, aunque no se diferencia mucho de cualquier zona costera de África. Mañana conoceré algo más de Tarifa, pues me ha dicho Abdul que pasaremos varios días por la zona. Hemos saltado otro gran obstáculo en nuestro camino. A partir de ahora el destino dirá qué aventuras nos traerá este particular periplo.

           CAPÍTULO 7

 
           - Tarifa

          Amanece un tranquilo sábado de verano. Abdul y yo nos hemos sentado a hablar pausadamente sobre todo lo que nos ha sucedido en estos años en los que no hemos tenido la oportunidad de vernos en persona.

            Sentados en la pequeña terraza de nuestro bungalow y rociados por el fresco viento del lugar, Abdul me dice que en España se vive muy bien. “Es un mundo de oportunidades”, me explica. Como ya os comenté, él tiene un buen trabajo, agua potable, abundante comida y multitud de servicios. En España,desde la educación hasta la sanidad son de carácter gratuíto. Aquí ir al médico no cuesta dinero, pues los habitantes del país que trabajan y están dados de alta en lo que llaman la Seguridad Social, destinan una parte de su sueldo a cubrir las posibles necesidades médicas que les vayan surgiendo a lo largo de su vida; y todo eso lo gestiona el Estado. El sistema político es la democracia, es decir, los habitantes eligen a sus representantes en el llamado “Congreso” y estos elijen a su vez a un candidato que acaba siendo el Presidente del Gobierno. La figura de Jefe del Estado recae en un Rey. En Guinea el Estado es tan corrupto que ni me podía imaginar que se pudiera gobernar de otra manera. Aún así Abdul dice que la población anda todo el día quejándose de los políticos, pues dicen que los valores se han perdido.




            Cuando pregunto a mi primo por sus padres, me dice que están bien, sobre todo ahora que van a  ser abuelos. Cuando me lo ha dicho no le he prestado mucha atención, pero acto seguido me he dado cuenta de que mi primo ¡va a ser padre! Qué alegría he sentido en mi interior. No está casado, pero vive hace unos meses con la que es su novia. Su nombre es Lilibeth y aunque es de origen latinoamericano nació en Tenerife.

            Le he preguntado a Abdul cómo consiguió la nacionalidad española, pero realmente me he dado cuenta de que a quien se lo tengo que preguntar es a mi tío que fue quien gestionó todo el papeleo. También me he informado de dónde puedo cambiar el dinero que me queda, pues ahora cambio radicalmente de moneda. Del franco pasé al dírham, del dírham pasaré al euro. Al cambio veré notablemente reducido mi capital. Aún así, Abdul me ha dicho que de momento no me preocupe por el dinero,“yo tengo suficiente pasta para los dos”, me dice, pero yo no puedo estar viviendo a costa de los demás ni un día más. Ha pensado alquilar un coche para hacer un poco de turismo, pues se ha cogido unos días de vacaciones, que le ha concedido su jefe, que es mi tío. Primero conoceremos Tarifa, después iremos a Gibraltar y por último iniciaremos el viaje hacia Candelaria en Tenerife.

            Saliendo del camping Paloma soy aún más consciente de lo desarrollado que está este país. Los caminos de acceso a las parcelas, bungalows y las diferentes estancias del lugar están mejor asfaltadas que la gran mayoría de las calles de mi pueblo. Una vez fuera del camping nos encaminamos hacia el pueblo gaditano de Tarifa. A simple vista parece un pueblo muy moderno, con largas calles, bien equipadas y con unas infraestructuras dignas de la mejor ciudad del mundo. Los coches son muy modernos y a ambos lados de la calle principal se disponen numerosas tiendas de todo tipo. Las que más me han llamado la atención son las tiendas de los surfistas en donde se pueden comprar desde bañadores hasta tablas para hacer virguerías sobre las olas.

            La tradición del windsurf en Tarifa se ha desarrollado gracias al viento de Levante ,que sopla fuertemente y hace que la práctica de este deporte sea posible. En el mar Mediterráneo existen cuatro principales tipos de viento. El que sopla en el  norte recibe el nombre de Tramontana, en el sur se llama Ostro, en el oeste Poniente y en el este Levante. Este último nace en el Mediterráneo central y en las proximidades de las Islas Baleares alcanzando su mayor velocidad a su paso por el Estrecho de Gibraltar, que es prácticamente donde nos encontramos ahora.

            El primer lugar en el que entramos es en una sucursal bancaria. Solicito el cambio de dinero y compruebo con más pena que gloria que mi capital ha quedado en casi nada. Al cambio dispongo de ciento setenta y seis euros, y aunque Abdul dice que no está nada mal, a mí me da la impresión de que con esto no llegaré muy lejos. Después entramos en una oficina para alquilar un turismo. El modelo es un Seat Ibiza gris oscuro. El precio aún lo desconozco. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia el centro del pueblo. El interior del vehículo me parece una máquina espacial. Repleto de pantallas luminosas y de espejos por todos lados, en su interior comienza a sonar una música estridente que hace que no podamos ni dirigirnos la palabra. Mientras acierto a encontrar el botón del volumen de la radio, la bajo por completo y le digo al “conductor” que qué tipo de música es esa. “Es música techno “, me dice. “¿Te gusta?”, le digo. Y me dice que le encanta. Espero que para occidentalizarme no tenga que enamorarme de este tipo de ruido tan ensordecedor al que llaman música.

            Una vez en el centro del pueblo aparcamos el coche, previo pago en un parquímetro, y nos decidimos a ir hacia el Mercado Central de Abastos de Tarifa. El edifico por fuera no dice demasiado pero una vez en el interior la fisonomía de éste cambia. Además hay una amplia oferta de pescados y mariscos bastante variada. Su arquitectura está formada por una serie de arcos de medio punto de color blanco que rodean toda la galería. Acedías, sardinas, lubinas, mejillones, almejas, gambas y navajas se exiben en los mostradores de este establecimiento llamando la atención de todo el que pasea por allí. Tras rodear varios puestos compramos almejas, gambas y navajas. Al salir del mercado, en la puerta, hay una mujer vendiendo una especie de gambas diminutas dentro de un cucurucho de papel. “Son camarones y están buenísimos”, dice Abdul. Compramos dos cucuruchos y nos los comemos con cabeza y todo. La verdad es que están bastante buenos, su sabor es salado, pero delicioso.

            Caminando desde el mercado en dirección hacia el mar, cruzamos una gran calle peatonal en donde se ubican varias casetas blancas de madera que en este momento están cerradas. Al fondo del paseo se divisa un castillo inmerso en el entramado urbano de la ciudad. Tras éste se encuentra el mar.

            El edificio recibe el nombre de "El Castillo de Guzmán el Bueno", el cual fue construido en el año novecientos sesenta ( 960) por orden expresa del gran califa cordobés Abderramán III, aunque se considera que la primera obra de ingeniería que se realizó en él fue llevada a cabo por Tarif y sus seguidores nada más iniciarse la ocupación islámica en la Península Ibérica allá por el año setecientos once (711). El nombre de la ciudad fue puesto, precisamente, en honor a Tarif, el cual un año antes de la llegada musulmana, inició una expedición desde Tánger hasta Tarifa en cuatro barcos, ocupados por un total de cuatrocientos soldados de a pie y cien jinetes. Desde Tarifa continuó sus incursiones por Algeciras tomando cautivos a numerosos hombres y haciéndose con un gran botín. Tras este episodio Tarif volvió sano y salvo, lo cual fue considerado como una gran gesta.




Volviendo al castillo, debemos señalar que  por su envidiable situación estratégica fue considerada como una de las fortalezas militares más importantes durante la ocupación musulmana en España. Pero en el año mil doscientos noventa y dos (1292), Tarifa y su castillo fueron ocupados por las tropas cristianas de Sancho IV. Desde ese mismo momento comienza a llamarse "Castillo de Guzmán" pues era regentado por el entonces alcaide de la fortaleza Alonso Pérez de Guzmán. En el año mil doscientos noventa y cinco (1295), el mencionado alcaide ve como el desleal don Juan, hermano del rey, se sitúa con cinco mil jinetes árabes ante los muros de la ciudad amenazando con la muerte de su hijo, al que tenía preso, si no entregaba el castillo y la plaza. Guzmán,en un acto de lealtad a la corona, negándose ante tal amenaza, arrojó su propio puñal desde el torreón del castillo propiciando así la muerte de su propio hijo, con su propio puñal, pero en manos ahora de los traidores. De ahí viene el sobre nombre de “El Bueno”. Desde entonces se llama "Castillo de Guzmán el Bueno" a esta fortaleza.

Aún así hasta el año mil trescientos cuarenta (1340), y tras la Batalla del Salado (que fue la definitiva entre musulmanes y cristianos en el proceso de la Reconquista), el territorio no fue ocupado definitivamente por las tropas cristianas, que tuvieron que hacer frente durante algunos años más a las intrusiones  árabes procedentes del norte de África.  Siglos más tarde, concretamente en el XIX, la fortaleza sirvió de acuartelamiento a las tropas hispano –británicas frente a los franceses en la Guerra de la Independencia  (1808- 1814).

Arquitectónicamente hablando, el castillo está formado por una planta trapezoidal asentada sobre una elevada meseta rocosa. Sus muros se articulan mediante torreones cuadrados en ángulos y lienzos, separados a igual distancia, lo que le confiere una sólida imagen. Cabe decir que de este castillo parten las murallas que a raíz de una primera cerca musulmana envuelven a la ciudad de Tarifa. Ya en época cristiana se levantó la colosal torre octogonal del Homenaje, conocida hoy como de Guzmán El Bueno. Junto a la puerta del castillo y a los pies de dicha torre un monumento a Sancho IV recuerda la toma de la ciudad a manos de este rey castellano.

Después de visitar el castillo y de empaparme de uno de los capítulos más interesantes de la Historia de España volvemos hacia el lugar en donde hemos aparcado  el coche. Nos subimos a él, Abdul pone la radio, esta vez con una música algo más agradable, y nos dirigimos hacia el camping. Tras cocinar el marisco comprado en el mercado decidimos descansar un poco, pues esta tarde nos espera Gibraltar. Estoy seguro de que nuestra próxima excursión  nos hará impregnarnos de nuevas experiencias, conoceremos nuevos parajes y sobre todo seremos testigos de nuevos e  interesantes episodios históricos ocurridos por estas peculiares tierras andaluzas.

            CAPÍTULO 8




          - Gibraltar

Tras haber dormido  la siesta después de comer, una costumbre muy arraigada entre los españoles, y habernos dado un chapuzón en la piscina del camping, consideramos que ha llegado el momento de partir hacia Gibraltar. Son las 16:00 horas y el sol hace mella en nosotros. Cogemos una botella de agua para el camino y nos introducimos en el coche, el cual se refresca rápidamente gracias al aire acondicionado del que éste dispone.

Por delante nos esperan cuarenta y dos  kilómetros de ruta. Partimos en dirección noroeste por la carretera nacional cuatrocientos treinta y a los veinte kilómetros entramos en la autovía llamada del Mediterráneo, es la A- 7. En dirección a la localidad de la Línea y Gibraltar, tomamos la carretera comarcal treinta y cuatro, es la CA- 34. Hace rato que desde lejos se ve el majestuoso Peñón de Gibraltar. Un promontorio con carácter, que en la actualidad pertenece al Reino Unido. “Detrás del peñón está Algeciras”, me dice Abdul, lo que me hace recordar que tal vez el general Tarif hizo este camino en sus primeras incursiones en tierras hispanas.

De repente vemos, a unos doscientos metros, un control policial en el paso fronterizo de España a Gibraltar. Abdul no dice nada, creo que no contaba con este contratiempo, por lo tanto, y lejos de crear un ambiente de inseguridad y miedo, yo tampoco hago ningún comentario. Nos paramos en el puesto de control, nos piden la documentación, la miran sólo por encima y nos dan paso de inmediato. Una vez cruzado el control de la “Guardia Civil”, que es el nombre de este tipo de fuerzas policiales del Estado, Abdul para el coche y respira hondo. “Estaba acojonado”, me dice. “No te preocupes”, le digo, “tal vez éste haya sido el momento menos tenso desde que salí de casa”, sonrío.

Siguiendo las indicaciones de las señales ubicadas en la carretera, tomamos la dirección correcta hacia la gran Roca.  En la Antigüedad Clásica, el Peñón recibió el nombre de Calpe, que era una de las columnas de Hércules. El nombre aparece por primera vez en la mitología griega, aunque anteriormente los fenicios ya habían visitado el lugar. Desde los romanos hasta los Reyes Católicos fue lugar de diversos asentamientos siendo poseído por  diferentes dueños.  El enclave recibe su nombre actual en época islámica.




Pero, ¿por qué este lugar pertenece hoy al Reino Unido y no a España? Según las diferentes fuentes que he manejado he descubierto la respuesta. Para comprender mejor el proceso debemos remontarnos hasta el año mil setecientos uno (1701) cuando el rey  de España, Carlos II, de la casa de los Austrias, murió sin descendencia, por lo que el trono de España fue objeto de deseo por parte de dos dinastías, la de los Borbones y la ya citada de los Austrias o casa de los Habsburgo. En ese momento comenzó la llamada “Guerra de Sucesión Española” que finalizó con la victoria de los Borbones en el año mil setecientos trece (1713) y con la coronación del rey Felipe V. Por medio del Tratado de Utrecht, firmado en los Países Bajos, la nueva Corona española utilizó Gibraltar y la isla de Menorca, en las Islas Baleares, como moneda de cambio en ese conflicto bélico. Desde entonces, Gran Bretaña, que había apoyado en la guerra a los Habsburgo, se hizo con la soberanía del lugar en que nos encontramos en este momento. Y así permanece hasta la actualidad, aunque a lo largo de la historia el territorio ha librado más de una batalla entre españoles y británicos por la dominación de Gibraltar.

Estamos llegando al Peñón. Tras subir una pronunciada pendiente nos topamos con una barrera que nos indica que si queremos entrar a los alrededores del paraje tenemos dos opciones, entrar con el coche, previo pago de treinta o cuarenta  euros (no sé realmente el precio pues cada vez que hay que pagar algo, Abdul no me deja ni mirar las tarifas de precios), o por el contrario seguir a pie. Abdul y yo nos miramos, alzamos la vista hacia arriba y observando la distancia a la que aún se encuentra el Peñón (que es bastante considerable) y, siendo conscientes de la elevada temperatura, decidimos entrar en coche al paraje.

Es increíble la cantidad de monos que se nos cruzan por el camino. Por lo visto Gibraltar constituye el último ecosistema de Europa en donde estos macacos viven en libertad. Éstos habitan en la zona alta del Peñón calificado de Parque Nacional. Hacemos una primera parada en un mirador adornado con algunos cañones y la verdad es que la panorámica merece la pena. Ver el mar desde tanta altura impresiona.

Continuamos por la estrecha senda que nos conduce hacia los Túneles del Gran Asedio. Dichos túneles conforman un verdadero laberinto producto del ingenio militar más sorprendente.  El Gran Asedio, que tuvo lugar en el año mil setecientos noventa y nueve (1779), fue la campaña más importante que se realizó en Gibraltar en el siglo XVIII. De un lado Gran Bretaña, de otro una coalición franco –hispana que nada tuvo que hacer frente al empuje británico. Las bajas para la coalición oscilaron en torno a  los cinco mil  muertos, mientras que Gran Bretaña sólo contó con ochocientos sesenta y nueve bajas y novecientos once heridos.

Salimos fascinados de los túneles y le preguntamos a un operario, que está realizando algunas obras de albañilería, sobre la historia de los túneles del Peñón. Según su testimonio, nos enteramos de que hay otros túneles que se realizaron durante la Segunda Guerra Mundial. Nos dice que el General Franco, un dictador de orientación fascista, que se adueñó de España durante varias décadas, llegó a exigir al mismísimo Hitler el asedio de Gibraltar. En ese momento el británico Churchill (que era el presidente de esa nación) ordenó construir una red masiva y complejísima de túneles, excavándose en el interior del Peñón toda una ciudad nueva. La Roca se convirtió en un centro de inteligencia y mando militar que afortunadamente sirvió para que los aliados frenaran el avance nazi y fascista en el sur de Euopa.




Sinceramente nunca pensé que este lugar fuera tan importante en el acontecer de la Historia del viejo continente. Con casi cuarenta kilómetros de túneles es probablemente uno de los lugares más impresionantes en los que he estado hasta el día de hoy.

Seguimos de ruta hacia las llamadas Cuevas de Saint Michael. La abertura natural al exterior de éstas se encuentra a unos trescientos cincuenta metros sobre el nivel del mar. Se ha demostrado que en este lugar se ubicó uno de los asentamientos prehistóricos más importantes de Europa. Se han hallado restos de una importante comunidad neandertal. Únicamente se ha explorado menos de la mitad del laberinto que conforma esta cueva, formada en su interior por un entramado de estalactitas y estalagmitas de gran valor.

Aún boquiabiertos por la gran belleza del lugar, entramos en una tienda a comprar unas chocolatinas. Al salir, y mientras intento abrir una de ellas, me topo con un gran mono que no hace más que rodearme una y otra vez. Me asusto, me quedo paralizado, levanto las manos con la chocolatina y el simio empieza a tirarme del pantalón corto que llevo hasta que me lo baja por un lateral hasta la rodilla. Abdul no puede parar de reír y cuando considera que ya se ha reído bastante asusta al mono que sale corriendo como una exhalación. Al final me da la risa, pero Abdul cada vez que lo recuerda se burla de mi aún más.

Ha llegado el momento de abandonar “the rock”, como le llaman aquí, y visitar algo del centro de la ciudad. Una vez inmerso en el centro urbano observo como la fisonomía de las calles no se parecen en nada a la de la ciudad de Tarifa. Hay cabinas de teléfono de color rojo, en los escaparates está todo escrito en inglés y las matrículas de algunos coches son totalmente diferentes a las españolas. Aunque los precios de las tiendas son excesivamente baratos decidimos no comprar nada. “He oído que en la aduana te paran si has comprado demasiados productos para requisarlos, pues como es un territorio libre de impuestos, la gente aprovecha para hacer sus compras”, dice Abdul, “así evitaremos cualquier registro innecesario”. Tras haber dado un paseo por las tranquilas calles de Gibraltar, entramos en un establecimiento llamado “Pizza Hut” y cenamos algo.

Es la hora de partir, Gibraltar me ha gustado bastante. Empapado de Historia me meto en el coche pensando en qué nos esperará en el control policial. Una vez en la cola, nos damos cuenta que la salida va a ser más compleja que la entrada. Llega nuestro turno, nos preguntan si hemos comprado algo, nos abren el maletero y con una mirada desafiante nos obligan a bajarnos del coche. Nos cachean por si llevamos algo oculto, pero evidentemente no encuentran nada. Puesto que no pueden estar toda la noche con nosotros, nos dejan marchar plácidamente.

De vuelta a Tarifa ni Abdul ni yo hablamos apenas unas palabras. Estamos algo cansados de tanto trajín, pero en mi rostro se esboza una sonrisa que no pienso disimular bajo ningún concepto. No soy consciente de lo que he conseguido. Hace menos de un mes estaba planeando mi viaje y ahora es una realidad.

En menos de una hora hemos llegado a Tarifa. Estoy muerto de sueño pero Abdul me tiene preparada una encerrona. Sin previo aviso, y en vez de tomar la dirección del camping, conduce hacia el centro de la ciudad. En las inmediaciones del Mercado Central ya se han abierto las casetas blancas que esta mañana estaban cerradas a cal y canto. En ellas veo a numerosas personas de raza negra que venden todo tipo de artilugios, desde pañuelos, pipas para fumar y pulseras hasta camisetas, bolsos e inciensos. Me es inevitable pensar que alguno de ellos pudiera ser compatriota mío. En cierto modo me alegra verlos aquí, pues eso significa que ellos también han conseguido su sueño.

Al fondo se ve el Castillo de Guzmán El Bueno iluminado en todo su esplendor. En la puerta de entrada se agolpan varias personas. Nos acercamos para ver qué ocurre y sorprendentemente descubrimos que hay un concierto de música jazz. Insisto en pagar la entrada de ambos y nos adentramos hacia el patio de armas en donde hay un escenario y unas hileras de sillas dispuestas para tal evento.  El marco es incomparable. Hace algo de fresco, pero el sonido de la música nos envuelve creando un cálido ambiente. ¡Quién le iba a decir a Sancho IV que en su castillo se iban a dar conciertos de música unos siglos después!
  
Al finalizar el concierto buscamos alguna terraza para tomar algo antes de irnos a dormir. Vemos un bar medio en penumbras en donde la única luz que nos acompaña es de color verde  muy tenue. Yo me pido un mojito y mi primo un cóctel de no sé qué. Conforme hablamos y volvemos a recordar el episodio del mono, las carcajadas son cada vez más continuadas. También me doy cuenta de que el mojito que me he pedido lleva demasiado alcohol para mí. La vista no se me llega a nublar, pero tengo una sensación de flojera que nunca antes había sentido.

¡Ahora sí! . Nos vamos a dormir. Son las cuatro de la madrugada. En el camping no hay ni un alma despierta. Una vez en el bungalow, el sueño que me atrapaba hace un rato parece haberse esfumado. Abdul se acuesta, mientras, yo me salgo con mi cuaderno a la terracita y anoto todas las impresiones del día. La verdad es que ha merecido la pena salir de casa para esto. Una sensación de orgullo y satisfacción se alberga en mi cuerpo, y de momento no pienso dejarla salir.

CAPÍTULO 9


- Próximo destino: Islas Canarias

Nuestra estancia por tierras andaluzas parece tocar a su fin. Esta mañana el alba me ha acompañado en mi despertar. Mientras mi compañero de viaje aún duerme, lavo toda la ropa que llevo en la mochila. Creo que la próxima inversión económica que haré será comprarme algún atuendo nuevo, así tendré más variedad de prendas. Los calcetines están llenos de "bolas", y las camisetas algo descoloridas. Por su parte he de decir, que la ropa interior y los pantalones están como el primer día, aunque con muchos más kilómetros a sus espaldas. La chilaba que compré en Tánger está limpia pero muy arrugada y las zapatillas aguantarán el tiempo que sea necesario.

Mientras Abdul se debate entre Morfeo y un placentero despertar, preparo unos huevos fritos y unas tiras de beicon en la pequeña, pero útil, cocina de la que ha sido mi nuevo hogar durante estos días.

De repente se oye una voz quebrada y ronca que dice “hoy iremos a la playa”. Es Abdul que por fin ha decidido abandonar su letargo y al olor de la comida ha saltado de la cama como si estuviese poseído por alguna fuerza sobrenatural.

Tras haber desayunado “más que bien”, ordenamos un poco las habitaciones, limpiamos bien el cuarto de baño y la cocina y después guardamos toda la ropa en los petates. Mi ropa aún está húmeda, pero no me queda más remedio que guardarla pues son las doce del medio día y debemos abandonar el camping. En la puerta de entrada de éste, Abdul se adelanta para pagar, pero antes le pregunta al chico de la puerta por la mejor zona para darse un chapuzón en la playa. Tras subirnos en el Seat Ibiza (el cual está lleno de polvo y de arena) tomamos un camino de tierra que nos llevará a nuestro particular paraíso. A ambos lados del camino el contraste que la naturaleza nos ofrece es de lo más variopinto. A la derecha numerosos arbustos se disponen  en hileras a lo largo de la senda que seguimos. A la izquierda unas dunas impresionantes nos hacen creer por un momento que estamos en el mismísimo desierto. Según vamos avanzando, la carretera se estrecha cada vez más. Abdul  parece sentirse muy seguro de adónde vamos, pero estoy totalmente convencido de que ni él ni yo tenemos la más remota idea de donde está el lugar que nos ha indicado el chico del camping.





A lo lejos apreciamos una especie de puesto de control policial. Ya sólo nos faltaba que para ir a bañarnos nos pidieran los documentos que acreditan que somos españoles. Cuando llegamos, nos encontramos con un puesto de mando en donde un gran cartel nos indica que estamos en “zona militar”. Por fortuna nadie está en las garitas. “Joder”, dice Abdul, “¿y ahora qué hacemos? Las barreras de color blanco y rojo que delimitan el acceso están abiertas. Con el coche en ralentí y con el termómetro de éste marcando treinta y dos grados centígrados, decidimos entrar. Conforme avanzamos por el sendero, nos percatamos de que la fisonomía del paisaje ha cambiado. Las dunas y los arbustos  han dado paso a diversas casas dispersas a ambos lados del camino, el cual siendo igual de estrecho que el de antes, ha aumentado el número de curvas.

Al final del camino nos topamos con  un cartel de madera en donde se puede leer “playa”. Puede decirse que hemos llegado a nuestro destino. No vemos ningún coche, lo que nos hace sospechar que la playa a la que vamos no será demasiado buena. Al bajarnos del Ibiza, una bofetada de calor y humedad invade nuestros cuerpos. Cerramos el coche y bajamos a pie por una pronunciada pendiente. Al final del sinuoso sendero se puede ver el mar. La brisa marina nos refresca el rostro. Una vez al final del camino el relieve es más escarpado. Nos subimos a unas grandes rocas para analizar el paisaje y vemos que, tras éstas hay una pequeña cala huérfana de cualquier ser viviente posible. Bajamos por una pendiente aún más pronunciada que la anterior y llegamos a la arena.

Puesto que no voy provisto de  bañador alguno,  me aventuro a despojarme rápidamente de mis pantalones y me quedo desnudo. Abdul se ríe de mí, pero ni el propio Adán se debió sentir tan a gusto como yo en este momento. Extendemos la única toalla de la que disponemos de forma horizontal y nos tumbamos con las piernas estiradas, quedando éstas por fuera de la toalla y sintiendo el roce de la arena en ellas. El teléfono móvil de mi primo empieza a sonar. "Es un mensaje de bienvenida", dice. La verdad es que no le presto mucha atención, pues hace rato que cerré los ojos para relajarme y meditar un poco. Como no le respondo, insiste. “Mira Elewa, tenemos cobertura marroquí”, lo cual me hace recordar que hace apenas dos días yo estaba en ese país acompañado de mi amigo Rashid. Me pregunto cómo les irá a él, su hermana y su madre en esta nueva etapa de reencuentro familiar. Qué paradojas tiene la vida, él abandona su país para encontrarse con su madre y yo en cambio abandono Guinea Ecuatorial para distanciarme aún más si cabe de la mía. Mientras cierro los ojos de nuevo, y me voy sumergiendo en un profundo sueño, vagan por mi cabeza imágenes de mis padres y de mi abuela hasta que sin darme cuenta caigo rendido.

Al cabo del rato y con el murmullo de algunas personas que merodean por los alrededores, me despierto. Mientras intento abrir mis cegados ojos por el incombustible astro solar, acierto a ver como una pareja de mediana edad acompañados por una niña de no más de doce años, pasan por delante de mí mirándome de reojo. Les saludo, me saludan y se sitúan en el lado opuesto de la cala. Abdul se está bañando en el mar, por lo que me levanto y dirigiéndome hacia él, me doy cuenta de que estoy desnudo. Qué vergüenza, qué habrán pensado de mí las personas que ya copan algunas zonas de la playa. Salgo corriendo y me sumerjo en el agua lo más rápidamente posible que puedo. Quiero que me trague el mar. Buceo y buceo hasta que no puedo aguantar más la respiración y salgo al exterior. “Aquí no se te ve nada, no te preocupes”, me dice Abdul sin poder parar de reír. La verdad es que ha sido una situación de lo más surrealista para mí, pero eso sí, graciosa donde las haya.

La temperatura del agua es ideal. Tras chapotear con mi primo como dos niños durante un buen rato, Abdul comienza a nadar rápidamente hacia la orilla. Una vez allí me grita, “vamos sal, que no te va a comer nadie”. Con más valor que cerebro salgo tranquilamente del agua como si fuera provisto del mejor traje de neopreno del mercado. Después de secarme todo el cuerpo y sin mediar palabra, me visto y nos vamos. “Ha llegado el final de nuestras vacaciones. Ahora nos queda un largo camino hacia casa”, dice Abdul.

Volviendo por los mismos pasos que antes habíamos recorrido para llegar a la playa, tomamos la dirección correcta hacia el pueblo de Tarifa. Nuestro próximo destino es la ciudad de Cádiz. Desde allí navegaremos hacia Santa cruz de Tenerife en un viaje que durará tres días. Pero antes de partir en dirección a la carretera correspondiente, Abdul cambia el rumbo y se dirige hacia  el puerto de Tarifa. Durante el trayecto casi atropellamos a un hermano negro que se ha llevado un susto “de muerte”. Tras esbozar algunas sonrisas por lo ocurrido, llegamos al lugar elegido. Bajamos del coche pausadamente y caminamos hacia un lugar cargado de simbolismo. En el suelo se ubica una placa dividida en dos partes iguales en las que se puede leer, “Mar Mediterráneo” (en la parte de la izquierda) y “Océano Atlántico” (en la parte de la derecha). Con el permiso del dios Neptuno, que gobierna todas las aguas y mares y cabalga sobre las olas sobre caballos blancos, soy yo el que en este momento me siento como el auténtico dios del mar.

Abandonamos el lugar y tomamos la carretera local durante algunos metros para desembocar en la Nacional trescientos cuarenta dirección a la capital de la provincia. Nos enfrentamos a una distancia de ciento cuatro kilómetros hasta llegar a nuestro destino. Durante el camino, y antes de tomar la Autovía cuarenta y ocho (A- 48), recorremos unos treinta y siete kilómetros y medio. La verdad es que la red de carreteras española es de lo más funcional. En una hora justa nos plantamos en la entrada de la ciudad , en donde hemos cruzado un puente rodeado de agua por todos lados; según Abdul es la llamada bahía de Cádiz. Una vez en el puerto y localizado el mostrador en donde se sacan los billetes de barco hacia las Islas Canarias, Abdul me toma del brazo y me dice, “Aquí nos despedimos, primo. Tú irás en barco y yo debo irme a Sevilla para tomar un avión hacia Santa Cruz de Tenerife”. Es totalmente comprensible pues dos pasajeros con el mismo nombre y en el mismo barco resultarían de lo más sospechoso.





Sacamos mi billete. El ferry parte a las cinco de la tarde para llegar a Tenerife tres días después a eso de las once de la noche. El billete que he comprado me da derecho a una butaca en la cual dormiré, descansaré y pasaré la mayor parte del viaje. Antes de entrar por el puesto de control, y bajo la atenta mirada de Abdul que no me quita ojo allá a lo lejos, entro en una librería y decido comprarme un libro; así el trayecto se me hará menos pesado. Abdul me ha dejado su teléfono móvil por si tuviera algún problema. Una vez en el puesto de control de pasajeros la inseguridad crece por minutos. Se trata sin duda del que he bautizado con el nombre del “síndrome Elewa”, que no es ni más ni menos que estar cagado de miedo cada vez que debo cruzar una aduana con una identidad falsa.

Es mi turno. El guardia civil me mira de arriba a abajo mientras mi mochila se desliza por la cinta de equipajes bajo la atenta mirada del policía que controla el escáner.  Ambos se miran y deciden apartarme de la fila de pasajeros. Tras cachearme y pasarme por el cuerpo un detector de metales de mano, deciden llevarme a una habitación aislada para interrogarme. Me han preguntado por mi nombre completo, el de mis padres (que ahora son mis tíos), mi nacionalidad y el motivo de mi viaje a Canarias. Balbuceando les he respondido a la perfección y les he dicho que he venido a Cádiz a pasar un par de días con un primo que vive aquí. Me han preguntado que si consumo drogas. El momento más humillante ha sido cuando me han obligado a desnudarme. “No llevo droga, señores, se lo aseguro”. La verdad es que no son nada simpáticos estos hombres.

Después de anotar en un cuaderno una serie de datos y de no dirigirme la palabra durante largo tiempo, me dejan salir de la habitación. Mientras abandono la “sala de tortura” les digo con voz temblorosa, “estaba muy nervioso, lo siento”. No me he hecho pis en  los pantalones por poco. Ha sido la peor experiencia desde que salí de casa. Invadido por el miedo y desconcertado, me meto en un retrete a lavarme la cara para quitarme las gotas de sudor que el nerviosismo de la situación me ha generado. Saco del bolsillo el móvil que me ha dejado Abdul e inmediatamente llamo a mis tíos para contarles lo ocurrido y sobre todo, para que cuando éste se ponga en contacto con ellos, le digan que he logrado esquivar el control sano y salvo.

He cruzado la pasarela sin mucho ánimo. ¿Realmente merece la pena pasar por esto? No encuentro una respuesta que me convenza. Cabizbajo y con ganas de echarme a llorar me siento en mi butaca. Abro la mochila para comerme el bocadillo que me acompaña pero no he podido ni darle dos bocados seguidos. Tengo la boca seca, las mandíbulas agarrotadas y el estómago cerrado. En ese instante una joven que ha apreciado el estado en el que me encuentro se me acerca y me dice, "He visto lo que te ha pasado. No te preocupes, no debe ser fácil que por ser extranjero o negro deban tratarte como a un perro. Aún quedan muchas barreras por la que luchar en este país”. Agradeciéndole el ánimo, le pido que me disculpe pues necesito dormir. Con una educación ejemplar retrocede hacia su butaca y me deja descansar.

Me despierto aturdido y hambriento tras tres horas y media de letargo. En la sala de butacas no hay nadie excepto yo. Me pregunto si estaré inmerso en una pesadilla, pero pronto veo por los grandes ventanales de los que el barco dispone, que la gente rodea la cubierta de éste para ver el atardecer. Es el momento de comer algo, estoy bastante flojo y desmayado. Tras devorar el bocadillo de jamón que llevaba en la mochila y sediento debido al alto contenido en sal de la comida, me levanto y me compro una botella de agua en la maquina que se dispone al fondo de la sala. Aunque está demasiado fría, trago y trago sin parar, lo cual me produce un dolor en la garganta que espero no me traiga consecuencias negativas a la larga.

El sol está cayendo, la penumbra inicial que ha generado la puesta de sol, da paso al encendido de luces del interior. Mientras la gente entra de nuevo para acomodarse en sus butacas, la joven que se preocupó por mí hace un rato se me acerca de nuevo y me dice, “Espero que hayas descansado, nos espera un largo viaje”. Tras sonreírle tímidamente, se marcha y me deja sólo. Parece haberme leído el pensamiento, pues lo último que me apetece ahora es hablar con nadie, y menos con una desconocida.

Recompuesto de mi sofocón, me levanto a pasear por la cubierta del barco una vez caída la noche. Me envuelvo en la manta que hay en mi butaca, pues afuera hace bastante frío, y mi vista se pierde de nuevo en el inmenso océano que nos rodea. Triste y sólo, me vagan por la cabeza numerosos pensamientos. Creo que Candelaria será mi último destino, al fin y al cabo era mi objetivo. Me intento engañar a mi mismo pensando en el final del periplo, aunque en mi interior soy consciente de que debo aspirar a algo más. Quiero ser un hombre de mundo, no un cobarde que a las primeras de cambio abandona el barco, pero mi estado de ánimo está ahora por los suelos.

Entro de nuevo en la sala, en donde la mayoría de pasajeros ya dormitan. La luz está medio apagada, por lo que no acierto a ver las letras del libro que compré ni las del cuaderno de campo que me acompaña desde el primer día de viaje. Será mejor que intente dormir. Espero que  mañana me sienta mejor anímicamente. De momento voy rumbo a Las Islas Canarias, después, mi corazón dirá.


CAPÍTULO 10

   - Candelaria

Tras dos días de monótono viaje, en los cuales he tenido tiempo suficiente para meditar sobre mi futuro más inmediato, acierto a comprender que no todo está perdido. A veinticuatro horas de mi llegada a Santa Cruz de Tenerife la situación parece haber cambiado y por ello mi estado de ánimo.

Este tiempo en alta mar lo he dedicado a descansar y a intentar pasar lo más desapercibido posible. Nada tiene que ver con la travesía  que hice a bordo de La Blanca, aunque he de decir que echo de menos la compañía de Rashid. El libro que compré en Cádiz me ayuda a desconectar de la realidad. Su título, “La Fundación” de Antonio Buero Vallejo, hace que valore mucho más la libertad de la que gozo. Cada página que leo me hace ver cómo debe sentirse un preso en una celda y como, a consecuencia de ello, la mente se deja engañar hacia un mundo irreal y de fantasía.

La comida que tomo en el barco es poco variada, pero es de buena calidad. Mi dieta suele componerse de sándwiches y bocadillos variados. El líquido que acompaña el menú suele ser agua. He notado que estoy más delgado, pues mis pantalones no se ajustan a mi cintura como lo hacían hace un mes atrás. Aún así me siento fuerte y lo que es más importante, he tenido la suerte de no caer enfermo ni tener ninguna dolencia en este tiempo de travesía hacia Candelaria.

Me pregunto qué encontraré allí. Las referencias que tengo del lugar se reducen a las cartas que Abdul me enviaba a Guinea. Lo que más recuerdo es cómo me describió la llegada de aquellos inmigrantes en patera a las costas canarias y su posterior desbandada para no ser capturados. Yo no tendré que correr como ellos cuando llegue a mi destino, o al menos eso espero.

Es la hora de dar un paseo por la cubierta como todos los días. En mi deambular, siempre me encuentro, en el mismo sitio, a la chica que se preocupó por mí el primer día. Cuando paso cerca de ella tengo la tentación de hablarle, pero aún no me he decidido. Sentada, con la mirada perdida en el horizonte y completamente sola, se dedica a sonreírme cada vez que paso cerca de ella.
Después de la cena y de tomarme un reconfortante té a la menta, me sumerjo de nuevo en el mundo de la lectura hasta que caigo rendido y me duermo.

Amanece un nuevo día en el ferry. Hoy superaré el último obstáculo para llegar a mi destino y cumplir mi sueño. Pensar en  empezar una nueva vida, en una ciudad diferente y acompañado de gente que me quiere me reconforta, pero no puedo evitar echar de menos a mis padres y a mi abuela. En cuanto llegue intentaré ponerme en contacto con ellos y les demostraré que he conseguido mi objetivo. Quedan pocas horas para llegar al puerto de Santa Cruz de Tenerife en donde me estará esperando mi alma gemela, Abdul, y supongo que mis tíos.

Tras varias horas de espera, la travesía parece tocar a su fin. Son las once de la noche cuando a lo lejos se pueden apreciar las luces de los edificios de la ciudad. Cuando me doy cuenta estoy cogiendo la mochila y bajando por la pasarela del barco. Por fin estamos en tierra firme. La chica que me ha acompañado en el trayecto me regala un “hasta luego” antes de salir corriendo hacia la salida y me lanza un beso, “que tengas suerte”, me dice. Le sonrío y le devuelvo el cumplido con un “gracias” de lo más frío.

Abdul y mi tío están esperándome. Salto sobre ellos y abrazándoles muy fuerte me emociono mientras algunas lágrimas resbalan por mi mejilla. No puedo evitar derrumbarme. No puedo soltarlos. Mi tío también está muy emocionado. ¿Cómo están mis padres?, le pregunto. “Muy bien hijo, no te preocupes por nada”. El tono en el que mi tío me ha respondido me ha resultado algo sospechoso, pero de momento no haré más preguntas. Nos metemos en el coche y nos dirigimos hacia Candelaria.

Tras veinte kilómetros de viaje llegamos al pueblo. Aunque es de noche se puede apreciar que estamos en una localidad pequeña pero con mucho ambiente. "Esto es Candelaria", me dice Abdul. Varios minutos después llegamos a casa de mis tíos, en donde mi tía nos está esperando. “Hola Elewa, ¿cómo estás?, o ¿debería llamarte Abdul?”. Tras unas sonrisas en familia nos sentamos en el sofá y les cuento como ha sido el viaje. Cuando finalizo de narrar mis aventuras y avanzada la noche, nos decidimos a irnos a la cama. “Mañana tendrás el día libre”, me dice mi tío, pero pasado mañana empezarás a trabajar en la tienda con nosotros. Tras agradecer enormemente a todos lo buenos que son conmigo, Abdul me acompaña a mi habitación para que me acomode. “Dormirás muy bien, no tengas prisa por levantarte mañana”. Tras el “buenas noches” de rigor, se cierra la puerta de mi nuevo dormitorio. Es el momento de escribir un rato. Por fin dormiré en una cama y no en una butaca de barco. Aunque estoy bastante cansado no puedo conciliar el sueño. El comentario de mi tío no me ha inspirado mucha confianza cuando le pregunté por mis padres, pero bueno, debo descansar, pues mañana lo dedicaré a hacer una de mis actividades favoritas, hacer turismo.

Son las doce del medio día, me duele la espalda de tanto dormir y el sol me ciega cuando abro los ojos para dirigirme hacia la cocina. Engullo el magnífico desayuno que me ha dejado preparado mi fabulosa tía y me doy una ducha que me deja como nuevo. Salgo al exterior, pero como no sé donde está la tienda de mis nuevos padres adoptivos deambulo sin rumbo ni dirección por las calles de este acogedor pueblecito.

El clima es muy parecido al de Guinea, aunque hace menos calor. Mientras paseo por la calle Obispo Pérez Cáceres, conocida como calle de la Arena, me cruzo con mucha gente de aspecto alegre y sonrisa permanente. Se trata de la calle principal, la cual es paralela al paseo marítimo y que a su vez está repleta de comercios con diferentes souvenirs, imaginería religiosa y artesanía del lugar. De repente me detengo, pues a lo lejos veo el mar. Tomo esa dirección y cuando llego allí me topo con unas enormes estatuas de bronce que flanquean la parte alta de la playa. Son personajes que parecen de otra época. El lugar en donde se encuentran es la plaza de la Candelaria ubicada junto a la basílica del mismo nombre. La basílica ha sido declarada Bien de  Interés Cultural. Su fachada es impresionante. De color blanco casi en su totalidad, excepto en el pórtico de entrada, está acompañada por una enorme torre que parece proteger la estructura.






 Me decido a entrar en la iglesia y mientras estoy viendo las imágenes y el altar, un cura se me acerca y me pregunta que si quiero saber algo más del entorno. Le digo que desearía que me contara quiénes son esos personajes que se encuentran representados en el exterior. “Eso está hecho. Sígueme hacia afuera y te explico”. De camino hacia el exterior el cura me va narrando la historia religiosa del lugar y de la basílica. Por lo visto Candelaria es uno de los lugares de peregrinación más importantes de Canarias. La virgen de la Candelaria es la patrona, y me asegura que alrededor de dos millones y medio de personas se acercan al lugar todos los años para rendirle culto . La fe en  la virgen es tan importante debido a que, según cuenta la leyenda, en el siglo catorce (XIV) se apareció en la playa de Chimisay ( actual municipio de Güimar), siendo su imagen custodiada por el rey del lugar y trasladada a la Cueva de Achbinico, situada detrás de la basílica, y en donde los guanches le rindieron culto hasta la conquista cristiana. Actualmente la cueva contiene una réplica de la Virgen de la Candelaria en bronce y es lugar de culto para los fieles, por ello la imagen de la virgen está rodeada de velas encendidas durante todo el año.

Una vez en el exterior me empieza a explicar quienes son esos personajes que se disponen en hilera por el paseo marítimo. Por lo visto  son reyes guanches. Los guanches eran los antiguos habitantes aborígenes de la isla de Tenerife. La palabra “guanche” significa “hombre de Chinet (Tenerife)”. Los guanches son de origen bereber y habitaban las islas Canarias antes de la conquista castellana que ocurrió entre mil cuatrocientos dos y mil cuatrocientos noventa y seis (1402- 1496), que fue cuando los Reyes Católicos incluyeron las islas a la corona española hasta la actualidad. Mi amigo el cura, me sigue contando que cuando los europeos llegaron a Tenerife, ésta estaba dividida en nueve reinos, también llamados menceyatos. Cada menceyato estaba gobernado por un mencey o rey. Estos nueve reyes que se encuentran dispuestos en la plaza de Candelaria con el mar al fondo representan a los últimos nueve reyes que gobernaron el lugar antes de ser sometidos y despojados de su cultura.  Las estatuas son majestuosas, imponen, y cuando te cuentan su origen y significado, uno se da cuenta del valor histórico del pueblo canario.







Es la hora de comer, por lo que me apresuro a despedirme del padre Ángel para llegar lo antes posible a mi nuevo hogar. Una vez allí degustamos platos típicos de la zona. El menú está compuesto por unos entrantes llamados “papas arrugadas con mojo verde y mojo picón”. Las papas, son pequeñas patatas que se hierven con sal y se consumen con su propia piel. Existe gran variedad de patatas en las islas, debido, sobre todo, a su estrecha relación con el continente americano. Cuando los españoles descubrieron América, este tubérculo fue importado a España y debido a la similitud del clima canario con el del americano, la producción de patata es de lo más variada. El mojo picón es una salsa exquisita compuesta por aceite, sal, pimentón, ajo, cominos, cayena y vinagre. El mojo verde suele llevar lo mismo pero añadiéndole perejil o cilantro y eliminando el pimentón que es lo que le da el color rojizo al primer tipo de salsa expuesto anteriormente. A las papas le acompaña un delicioso paté de queso llamado almogrote que es típico de la Isla de la Gomera. Tras los entrantes llegamos al primer plato; se trata del rancho canario, que es una receta a base de garbanzos, fideos gordos, papas y carne. De segundo plato tenemos sancocho canario, que es un pescado salado hervido acompañado de papas, batata, mojo y gofio (que es una especie de harina tostada). De postre “bienmesabe” elaborado a base de azúcar, almendra y huevo.

Tras comer y casi sin poder moverme del atracón que nos hemos dado, decido echarme la siesta, al fin y al cabo debo ir adoptando las costumbres españolas, y la verdad es que ésta es una de las que más me gustan.

Tras la siesta hablo con mi tío y le digo que quiero empezar a trabajar esa misma tarde, a lo cual él accede. Una vez en mi nuevo puesto de trabajo me explican cual será mi labor. Seré el chico de los recados, pero para empezar no está nada mal. Tendré un sueldo de quinientos euros mensuales (toda una fortuna para mí) y los sábados por la tarde y los domingos no trabajaré. Puede decirse que me encanta mi nuevo puesto de trabajo, es más gratificante que trabajar con las vacas como hacía en mi pueblo. Mi primera jornada laboral ha sido un éxito. He llevado la compra a una mujer a su casa y me ha dado una propina. El resto de la tarde lo he dedicado a almacenar paquetes y a etiquetar sus precios correspondientes. Tras esto los he ido colocando en las estanterías de la tienda. Abdul me ha enseñado a colocar los productos más caros  en las baldas que están a la altura de la vista de los clientes, ´"así les entran por los ojos". Por lo que me ha explicado mi primo a eso se le llama marketing y es un pilar fundamental para vender y obtener beneficios de unos productos más que de otros.

Ya de noche y sentados para empezar a cenar, mi tío me coge por el hombro y me dice que tiene que hablar conmigo. “La abuela ha muerto”, me dice. No me lo puedo creer. Se me pone un nudo en la garganta que casi me oprime la respiración. Suelto algunas lágrimas y me resigno a pensar que realmente ha sido lo mejor para ella, y más en el estado en que se encontraba, pero eso no quita que no me lo pueda perdonar. Tal vez si hubiera programado mi viaje para más adelante podría haberme despedido de ella. Imagino como estarán papá y mamá, por un lado muy tristes por lo de la abuela y por otro, preocupados por mí.

Se me han quitado las ganas de cenar, me dirijo a mi habitación y escribo una carta a mis padres. Mañana temprano la enviaré. En estos momentos de melancolía y soledad, recuerdo los ánimos que mi abuela me transmitió para que hiciera mi sueño realidad y abandonara Guinea, por eso debo continuar con mi viaje. No me quedaré en Candelaria para toda la vida, pero soy consciente de que antes de partir pasaré aquí un largo periodo de tiempo. Debo ahorrar, debo conseguir los papeles para no ser un ilegal y no sufrir el “síndrome Elewa” cada vez que cambie de país. Pero no me importa, aquí estaré bien. Me siento como el “Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” en sus aventuras y desventuras. Al igual que él, puedo decir que mi “primera salida”, tal y como narró Cervantes, ha llegado a su fin. Los molinos de viento, los cueros de vino, el altercado con el ganado y su investidura como caballero andante, bien podrían asemejarse a los acontecimientos que yo he vivido en este viaje de fantasía y cruel realidad. Definitivamente mi primera salida puede darse por concluída, mi próximo destino será América, muy pronto tendréis noticias  mías.