¿Qué es Entre Culturas?



sábado, 20 de julio de 2013

ELEWA,SEGUNDA SALIDA

ELEWA, SEGUNDA SALIDA


          Camino del país de los ticos, Costa Rica

Tras cinco años, tres meses y dos días, ha llegado el momento de reiniciar aquel periplo tan particular que comencé desde mi tierra, Guinea Ecuatorial, hacia nadie sabía dónde. Hoy con la cabeza mejor amueblada, habiendo alcanzado un grado de madurez que pensaba ya tenía y tras haber experimentado un cúmulo de sensaciones que nunca antes había vivido, me decido a retomar el proyecto que comencé con tanta ilusión.

Mi residencia actual es Candelaria (Islas Canarias, España) y mi trabajo sigue siendo el mismo con el que  comencé a ganarme mi salario en el negocio de mis tíos y mi gran confidente Abdul. Mi oficio en los últimos años ha sido el de reponedor, etiquetador de precios y  encargado de llevar los pedidos a los hogares de la gente que lo ha solicitado. Gracias al sueldo mensual, a las pagas dobles, a las propinas, al bajo coste del alquiler donde vivo, a la comida gratis  y a los ingresos extra producidos por mi trabajo como camarero, puedo asegurar firmemente que tengo bastante dinero para volar a cualquier lugar del planeta.

Por fin me he convertido en ciudadano español, aunque nunca olvido mis orígenes africanos. Además mi color de piel me sigue delatando y por mucha diversidad racial que haya en España, no hace falta ser muy  inteligente para vaticinar que no he nacido aquí.  Pero me ha ido bastante bien. El carácter español , y en concreto el canario, me han hecho sentir en este lugar como el hombre más querido y afortunado del mundo.  El calor de la gente me ha hecho entender la capacidad que tiene el ser humano para adaptarse a cualquier escenario de la vida.

Como bien sabéis, mi abuela Nehanda falleció, pero mis padres están perfectamente;aunque envejeciendo algo solos. No hay un día en que agradezcan lo bien que me ha tratado el destino. He de decir que desde que partí de casa no he vuelto a verlos, pero he mantenido alguna que otra conversación telefónica con ellos y sobre todo hemos tenido contacto vía postal.

Mi aspecto físico sigue siendo muy parecido al de siempre; he ganado algún kilo de más y me he dejado crecer el pelo, tras haberlo tenido rapado, desde el momento en que recibí el pasaporte español.

Abdul fue padre de una hermosa niña mulata y todos viven en casa de mis tíos, de momento. Lilibeth y él, no se han casado y aún están esperando a que les den la casa de Protección Oficial en la que vivirán los tres.

Por lo que veis, no me puedo quejar. Pero el rumbo de mi vida debe volver a cambiar. Abandoné mi papel de aventurero hace algunos años con la idea de viajar hacia el llamado “Nuevo Mundo”, y ha llegado el momento. Tras haber estudiado a fondo la cultura latinoamericana y tras haber recibido innumerables  clases de inglés, estoy en condiciones de elegir cualquier zona del continente americano como destino. Finalmente escogí  Costa Rica, un país centroamericano rodeado de naturaleza y bañado por los océanos Pacífico  (al oeste) y el Atlántico (al este) y situado entre los países de Nicaragua (al norte) y Panamá (al sureste).


                              Costa Rica


Por muy increíble que parezca  mi “segunda salida” comienza  hoy mismo. A las ocho de la mañana,  hora peninsular (pues ya sabéis que en las islas es una hora menos) parto hacia Madrid (la capital de España) en donde tomaré un vuelo hacia Costa Rica a eso de las 13:00 horas. Ya he cambiado el reloj de hora para no confundirme en Madrid y tomar el vuelo a la hora correcta. Me he comprado una gran maleta con ruedas y llevo ropa de invierno y de verano, pues realmente no sé qué inclemencias me puede deparar el tiempo. Atrás quedó la mochila con un par de mudas que tan buenos recuerdos me traen, aunque si os soy sincero, también he echado en la maleta dicha mochila junto con la ropa con la que inicié mi particular viaje.

He dedicado la tarde para hacer algunas compras. Comida, un chubasquero para el agua y unos regalos para obsequiar a mis tíos y a mi primo por el buen trato que he recibido de ellos. A la hora de la cena un sinfín de caras largas iba invadiendo el ambiente. Soy consciente de que están tristes y de que no entienden muy bien por qué me quiero marchar. Tras tomarnos un té a la menta después de la cena y de ultimar los preparativos, les he hecho reunirse para darles los regalos. Se han puesto muy contentos. A mi tío le he regalado un estuche con tres botellas de vino manchego para que las deguste cuando se acuerde de mí; a mi tía le ha encantado el vestido que le he comprado y promete que se lo pondrá la próxima vez que me vea; a Paula, la hija de Abdul, le he comprado la muñeca más bonita que he encontrado en el mercado, a Lilibeth, la pareja de mi primo, le he regalado un bolso de última moda  y a Abdul le he dado una libreta en blanco y un lapicero. La cara de asombro que ha puesto era todo un poema, " ¿y esto? " me ha dicho. Yo, aprovechando que mis tíos estaban ensimismados en sus presentes, y susurrándole al oído le he dicho, " este es el cuaderno de campo de tu vida, de ti depende si lo rellenarás algún día o no". Lo que no sabe es que le he comprado una video consola último modelo que le he dejado escondida en el mostrador del supermercado con una nota que dice así, “por haber sido mi hermano en los momentos más duros, muchas gracias y un afectuoso abrazo”.

Tras nuestra particular recreación del día de  “Reyes” cada uno se ha ido a  su habitación a descansar. Y aquí me encuentro yo, retomando el poema de mi vida, escribiendo de nuevo en mis sucias notas y con una sensación de nerviosismo ya vivida tiempo atrás justo la noche en que me decidí a abandonar la casa de mis padres y mi tierra natal. Intentaré dormir para estar descansado para mañana, pues como sabéis me espera un largo trayecto.


 San José


Aeropuerto de Santa Cruz de Tenerife, 8:15 horas. Partiendo de la base de que es la primera vez que monto en avión, no me encuentro nervioso. De repente las azafatas nos indican cómo debemos actuar en caso de emergencia. Acto seguido nos abrochamos los cinturones y el avión comienza a coger velocidad de una forma vertiginosa hasta que la nave repliega sus ruedas pues ya estamos flotando en el aire. ¡Qué sensación más grande! La descarga de adrenalina ha sido espectacular.

Madrid, 12:00 horas, tras aterrizar, embarco de nuevo.  Me encuentro en la sala de espera del aeropuerto de Barajas  hasta que el avión hacia San José despegue. Mientras espero, me deleito con un cuaderno de notas que he confeccionado yo mismo con abundante información sobre Costa Rica. Por lo que puedo leer, el llamado país de los “ticos” ocupa alrededor de cincuenta mil  kilómetros cuadrados de extensión. Cuenta con una población aproximada de tres millones y medio de habitantes, de los cuales el diez por ciento viven en la capital. Además  cabe destacar que el ochenta por ciento de la población es de origen español. Es miembro de la Organización de Naciones Unidas (ONU) desde su fundación allá por mil novecientos cuarenta y cinco (1945) que fue el año en que se dio por finalizada la Segunda Guerra Mundial. Cuenta con varios volcanes activos entre los que destaca el volcán Arenal. La sexta parte del territorio ha sido protegida en forma de Parques Nacionales y reservas de vida silvestre. Una de las cosas que más me han llamado la atención es que Costa Rica no tiene ejército ni plantas nucleares, un verdadero paraíso. El clima es tropical lluvioso, por lo que carece de invierno. Es el país más rico y estable de toda América Latina. Aunque tradicionalmente su riqueza se ha basado en la exportación de café, banano y carne, en la actualidad depende de las instalaciones de compañías de alta tecnología por todo el país. Su excelente sistema educativo hace que el país cuente con escuelas alemanas, inglesas y americanas. Con todo esto podemos decir que Costa Rica es un buen destino para hacer turismo o para asentarse definitivamente a respirar aire puro y llevar una vida relajada, alejada del estresante mundo occidental.








Ha llegado el momento de partir, son las 13:30 horas y me encuentro en el asiento 27 E, al lado de  una de las ventanillas del ala derecha del avión. Me esperan unas diez horas de viaje, por lo que intentaré estar entretenido  de cualquier forma. He leído el diario nacional El País de cabo a rabo, he realizado ejercicios que recomiendan para activar la circulación, he ido tres veces al servicio, he comido y merendado, he paseado por los pasillos del avión, he escuchado música y me he "tragado" dos películas en inglés. No me quedan más pasatiempos. Según mis cálculos quedan cuarenta y cinco minutos para aterrizar. Son las 23:30 hora española y las 16:30 hora costarricense.  El comandante nos avisa de que aterrizaremos en breves minutos. Me vuelvo a abrochar el cinturón de seguridad y otra descarga de adrenalina se apodera de mí al descender bruscamente hacia tierra firme. Toda una experiencia esto de volar.

Una vez recogido mi equipaje y algo aturdido por el llamado “jet lag”, salgo al exterior en donde una bofetada de humedad y calor se apodera de mí. El sol ciega mis ojos, pero a lo lejos puedo avistar un pequeño autobús con un gran cartel en donde se puede leer “Kap´s Place”, que no es ni más ni menos que donde reservé para dormir en este mi primer día en Costa Rica. Al hablar con el conductor, me dice que no tiene ningún aviso para recogerme a mí, sino a unos chicos de Gerona (Cataluña) que han demandado sus servicios. Al final los chicos de Gerona llegan y me hacen el favor de llevarme a mí también pues van al mismo lugar.




                               San José


Conforme vamos adentrándonos en la capital, la fisonomía del lugar parece decepcionarme un poco.  Las  grises avenidas están repletas de gente sentada a un lado y a otro de las aceras. Los comercios  parecen bastante humildes y los vehículos  que ocupan la calzada, por lo general, son de baja gama. La gente nos mira como desconfiada. Algunos niños corren detrás del autobús riéndose y haciéndonos burlas. La verdad es que no esperaba este recibimiento. Por fin llegamos a nuestro destino.

Kap´s Place es una especie de chalet ubicado al final de una estrecha calle carente de infraestructuras modernas. Todo son casas de una sola altura pero de grandes dimensiones. El lugar en donde me alojaré esta noche es una gran casa que se alquila por habitaciones y con derecho a un cuarto de baño particular. Nada más llegar, el recepcionista me ofrece un  vaso de agua que me bebo de un trago, sin miedo al “síndrome del turista” que no es otro sino el de la reacción estomacal que puedo sufrir al no estar familiarizado con el agua de aquí. Después de comprobar la reserva y de dar mis datos, me acompañan a mi habitación. El hall de entrada es muy bonito, decorado con hamacas de mimbre y con las paredes pintadas con colores muy vivos. Al final del hall se dispone la cocina, que es comunitaria para todos los inquilinos. En la pared exterior de mi habitación hay pintados  dos tucanes (aves típicas del país), los cuales me ofrecerán protección durante mi breve estancia. El ambiente es muy familiar, parece que todos se conozcan. Una vez dentro de mi nuevo hogar, realizo un primer diagnóstico. La habitación dispone de una cama, un ventilador de aspas sobre una pequeña mesa, una diminuta televisión y un cuarto de baño don ducha.





                                          Kap´s Place


Sin deshacer la maleta y habiendo pasado antes  por el baño, me tumbo en la cama sin quitarme la ropa, y eso que el calor es asfixiante. Pongo el ventilador a la máxima potencia y decido dormir un poco, al fin y al cabo son cerca de la una de la madrugada  hora española.

Tras dos horas de intenso sueño y después de haber tomado una ducha me encuentro en condiciones óptimas para salir a cenar y conocer un poco la capital, pues mañana temprano partiré hacia Tortuguero. El recepcionista me indica algunos sitios en donde podré cenar, no sin antes advertirme de que vaya con mucha precaución durante la noche en  San José, ya que  no es una ciudad segura y menos en este barrio. Tras ponerme en alerta, salgo sin rumbo concreto hacia el exterior. Vago por las calles poco iluminadas de la capital hasta que decido entrar en un restaurante que me causa muy  buena impresión. Una vez dentro, y en una terraza interior rodeada de palmeras y amenizada con el sonido de un riachuelo artificial que recorre el patio, me siento en una mesa y pido una cerveza. La chica que me servirá la cena me ha dado a elegir entre cerveza de importación o nacional. Me he decantado por la cerveza Imperial que es la propia del país, y la verdad es que está buenísima, aunque algo caliente. De las pocas personas costarricenses con las que me he cruzado o hablado puedo diagnosticar sin temor a equivocarme que la gente de aquí es muy amable. El acento es muy dulce y están pendientes de uno en todo momento.

He comido una pizza de verduras que estaba buenísima y de segundo un gran plato de pollo al limón hecho a la brasa. La magnitud de los platos era exagerada, pero me lo he comido todo. De postre no he tomado nada, sólo un café acompañado de un cigarro, pues ahora suelo fumar en ocasiones especiales. De vuelta al chalet, he podido sentir en mis "propias carnes" el frío que hace por la noche, aunque supongo que sería debido al atuendo veraniego que llevaba puesto y al  viento que hace en la calle. De camino a Kap´s Place me he desorientado un poco y me he perdido. No había mucha gente a la que preguntar por la calle, eran las 21:00 horas aproximadamente, y todas las calles estaban muy oscuras. He preguntado a una familia que estaba cenando en la entrada de la tienda de ultramarinos que regentan y me han indicado perfectamente cómo llegar a mi destino. Antes de sentirme sano y salvo me he cruzado con dos hombres que, sentados en la acera y alumbrados por la luz de una pequeña hoguera que habían encendido, no me han inspirado demasiada confianza. Parecían fumar algo que no era tabaco y sus miradas penetrantes me han hecho acelerar el paso a un ritmo vertiginoso. Tanta prisa me he dado, que me he pasado de calle y cuando me he encontrado con un gran descampado en donde no había nada, se me han roto todos los esquemas. Pausadamente me he dado la vuelta y con serenidad he analizado la situación y las indicaciones que anteriormente me habían dado. Al final he encontrado el chalet y se puede decir que he respirado aliviado, pues si he de ser sincero, he pasado bastante miedo.

Ya estoy en la cama, ahora sí que podré descansar antes de partir mañana hacia las costas del Caribe en el Océano Atlántico para conocer Tortuguero. Cansado, pero con una sensación de victoria indescriptible, me decido a sumergirme en un profundo y placentero sueño que desembocará en el inicio de la mayor  aventura jamás contada en los frondosos bosques de la naturaleza de Costa Rica.


De San José a Tortuguero

Alrededor de las seis de la mañana he abandonado mi estado de letargo pues el sol me molestaba bastante y, sobre todo, para no llegar tarde al autobús que me recogerá para mi siguiente peregrinaje. Aunque parezca que es muy temprano es la hora normal a la que se suele levantar la población de este país.
                Tras ducharme y haber bajado por las escaleras que dan paso al hall del edificio, me he dirigido hacia la cocina comunitaria para desayunar. Con la primera persona que me he cruzado ha sido con un hombre de avanzada edad, calvo y de tez morena que vestía un albornoz blanco impoluto. Tras darle los buenos días y una vez en la cocina, me he preparado un café, un tazón de leche con muesly y fruta fresca, un trozo de piña ( una pieza de papaya y otra de guayaba). La cocina estaba repleta de gente que no conocía, pero como dije ayer, el ambiente aquí es muy familiar.
                Tras recoger mi equipaje he abandonado Kap's Place y he salido a la calle a esperar mi transporte. El aspecto del barrio que tanta inseguridad me provocó anoche ha cambiado por completo. El radiante sol ilumina las calles y la temperatura es ideal. Tras estudiar cada uno de los rincones de la avenida en la que me encuentro, observo las señales de tráfico, las cuales me han hecho recordar que no estamos en Europa. La que más me ha llamado la atención es la de “STOP”, que aquí se identifica con la palabra “ALTO”; la verdad es que la dichosa señal me ha arrancado la primera sonrisa del día.
                Mi autobús acaba de llegar. Me presento al conductor, saludo a los pasajeros y tomo asiento. La diversidad de nacionalidades que me he encontrado dentro del vehículo ha hecho despertar  en mí un sentimiento de  enorme alegría al estar rodeado de gente de tan diversos lugares. Suizos, estadounidenses, holandeses, franceses, portugueses, españoles y uno de Guinea Ecuatorial (yo), conformamos el grueso de la expedición. Durante el trayecto se nos han ido explicando numerosas curiosidades de Costa Rica, muchas de las cuales yo ya conocía.
                Tras hacer una breve parada en el camino y montarnos en otro autobús en el que se puede leer  “ Mawamba Lodge”, que es el complejo en el que nos alojaremos durante los próximos tres días, nos dirigimos hacia Tortuguero. Nuestra nueva guía turística se llama Rebeca, es guapa e inteligente. Durante el trayecto y conforme vamos atravesando el país nos narra cómo es el paisaje de la zona y sus peculiaridades. Si miramos por la ventanilla podemos ver en las laderas de las montañas unas plantas cuyas hojas pueden llegar a medir hasta dos metros de altura; se les llaman “sombrillas de pobre” pues su aspecto es muy similar al de una sombrilla o un paraguas.





                            Sombrillas de pobre


              Hemos atravesado uno de los Parques Nacionales más importantes, se llama Braulio Carrillo. Tiene más de cuarenta y siete mil hectáreas y es el único parque virgen en su totalidad de Costa Rica; sólo el diez por ciento de éste ha sido explotado por el ser humano, y concretamente se trata de la carretera por la que viajamos en este momento. Rebeca se esfuerza para que el aburrimiento y la monotonía no se apoderen de nosotros y hace una avanzadilla de las especies animales que veremos en nuestro primer destino. Veremos diferentes especies de monos como el “mono coco”, el “mono carablanca” o el “mono araña”, además de otras especies como el jaguar, las tortugas marinas, las ranas venenosas rojas, las ranas verdes y hasta cincuenta especies diferentes de serpientes como la amarilla, de las cuales casi todas son venenosas. Con respecto a las aves destacan el tucán, el colibrí, el quetzal, el pájaro campana o el pájaro sombrilla, entre otros.


                                   Quetzal

                De repente, el conductor aminora la marcha para que Rebeca nos indique cómo en la cima de la ladera por la que nos encaminamos se encuentra el volcán Irazú, desde el cual discurre un río de lava amarilla ladera abajo. Detenemos la marcha para ver la belleza de la naturaleza en su estado más puro  justo en el lugar en que el río de lava amarilla se fusiona con el río Honduras, de aguas puras y cristalinas. La verdad es que es maravilloso ver el contraste de colores del agua y la lava. Como anécdota, Rebeca nos dice que en este paraje se rodaron películas de cine como “El Dorado” o algunas escenas de “Parque Jurásico”.


                                           Volcán Irazú


                Antes de hacer una parada obligada en nuestro trayecto y ensimismados con la belleza del paisaje, podemos ver diferentes formaciones vegetales que nunca antes había estudiado. Las más peculiares son las llamadas “orejas de elefante” que no son ni más ni menos que unas plantas con unas enormes hojas con forma de corazón. Las mariposas “morfos”, de un intenso color azul, también nos han acompañado en nuestro trayecto. Ha llegado el momento de hacer una parada para almorzar y digerir todas las sensaciones que está provocando en mí este paradisíaco lugar, por lo tanto buen provecho para todos.



De San José a Tortuguero ( Parte II)


Hemos almorzado en la demarcación de Guapiles, concretamente en el refugio- casa Río Blanco, que está rodeado de naturaleza por todos lados.  Las grandes hojas verdes que se ubican sobre un cuidado césped natural, están acompañadas de unas flores de color rosa fucsia bastante llamativo que da colorido al entorno. He almorzado arroz con frijoles y algo de fruta. Tras haber paseado por el entorno he entablado varias conversaciones con gente española. Son oriundos de Navarra, Madrid y Ciudad Real; están en su "Luna de miel" y son bastante simpáticos. El conductor del autobús nos reclama. Es la hora de continuar hacia nuestro destino.
                Una vez en el interior del autobús, Rebeca sigue deleitándonos con sus conocimientos. Nos dirigimos hacia una plantación de bananos y por ello se nos explica someramente como es la economía del país. Como curiosidad os diré que en Costa Rica cinco melones pueden llegar a costar un dólar americano, tres piñas cuestan lo mismo y treinta bananos unos treinta y cinco céntimos de dólar. Con respecto a las piñas destacar que suelen tardar entre seis o siete años en madurar en las palmeras. Según cuentan, fue el propio Cristóbal Colón el que las trajo a América ya que en España las condiciones climáticas no son las más adecuadas para el desarrollo de este fruto que  los costarricenses  llaman la “fruta de los reyes” por su peculiar corona. El noventa por ciento de la producción de piñas se exporta a Alemania y la Unión Europea, el diez por ciento restante se envían a Estados Unidos o son consumidas en Costa Rica. Con respecto a los cocos destacar que existen dos variedades de cocoteros, el verde o amarillo (llamado agua de pipa) y el café marrón, que es más alto.


             De repente el vehículo se detiene y nos hacen bajar. Estamos ante una plantación de bananos en donde se encuentran numerosos trabajadores, la mayoría de origen nicaragüense. Según Rebeca, las condiciones laborales son bastante duras, y es la población inmigrante la que se ocupa de estas tareas. El sueldo mensual oscila entre los noventa y los cien dólares al mes  por persona, en una jornada laboral que abarca desde las cinco de la mañana hasta las cinco de la tarde durante todos los días de la semana. El trabajo es agotador, por ello muchos trabajadores al cabo de un mes vuelven a sus países de origen. En cada árbol se disponen unas enormes bolsas de plástico de color azul que envuelven los racimos de bananos para protegerlos de las posibles plagas. Cada racimo viene a pesar alrededor de unos setenta kilogramos y son transportados por los jornaleros por medio de un sistema de cables que unen unos árboles con otros hasta llegar a la zona de descarga. La producción que se exporta suele tardar unas tres semanas en llegar a Europa y una semana y media en llegar a Estados Unidos. El banano es protegido con un producto químico para que no madure hasta que llegue a su destino, por eso cuando el banano llega al lugar en donde se comercializará, lo hace de color verde y no amarillo como lo vemos antes de consumirlo; evidentemente, el sabor del banano en Costa Rica no es el mismo que el que ingieren, por ejemplo, los neoyorquinos.  Una vez trasladados los racimos por el entramado de cables que unen todos los bananeros, se realiza un proceso de selección, se lavan, se cortan en racimos más manejables y se disponen en una cinta que los traslada hacia el empaquetado. La verdad todo un proceso de elaboración bastante sencillo a la vez que duro.


                                     
                            Plantación de banano

                Durante el poco tiempo libre que nos han concedido en este singular paraje, he comprado, por el módico precio de un dólar americano, un coco recién cortado que preparaba un campesino del lugar. La verdad es que estaba buenísimo, sobre todo el jugo líquido que he absorbido con una pajita que me han suministrado para tal efecto. El resto del tiempo lo he dedicado a realizar algunas fotos y a estudiar, como he expuesto anteriormente, los entresijos del trabajo en las plantaciones de bananos en Costa Rica.
                A la voz de “nos marchamos”, Rebeca ha vuelto a tomar el micrófono del minibús en el que viajamos. En la próxima parada cambiaremos de medio de transporte, pasaremos del transporte rodado por  carretera al transporte navegable.


Por fin llegamos a un embarcadero en donde nos espera una lancha que nos conducirá a Tortuguero y sus canales. Rebeca nos presenta a la tripulación de la pequeña embarcación, primero en castellano y después en inglés. John, el capitán, es un hombre de complexión fuerte, de tez oscura y pelo rizado; su ayudante, algo menos robusto, se llama Rony y supervisa  todo para que nada falte a los pasajeros. Rebeca bromea y nos dice que si les pasa algo a John o a Rony…¡estamos perdidos! La lancha en la que navegaremos en breves minutos es sencilla; una techumbre de hierro pintada de color verde y unos mástiles que la sostienen conforman el grueso de su estructura. A ambos lados del interior se disponen varias hileras de bancos, desde los que, sentado,  se puede tocar con los dedos el agua del río Parismina, cuya desembocadura  se ubica en el Mar Caribe.
                Mientras la embarcación comienza a moverse levemente, Rebeca nos explica la fauna que vemos en ambas orillas del río. Las garzas reales, que parecen refrescarse en las marrones aguas del río por el que navegamos,  abundan en nuestro recorrido. En un segundo plano se puede apreciar el frondoso bosque costarricense, en donde veo, por primera vez, una de las especies de primates  características de la zona, se trata del mono aullador. El capitán John, aminora la marcha cada vez que nos topamos con alguna especie animal, osos hormigueros, colonias de murciélagos narizones… para después acelerar sin vacilar para llegar cuanto antes a nuestro destino. El trayecto me está resultando de lo más agradable, el frescor del agua y la brisa del aire acarician mi rostro, lo cual hace que por un momento me olvide de la humedad y el calor típicos del clima tropical.





                          Mono aullador

                Conforme nos acercamos a nuestro destino, el cauce del río parce estrecharse. Los árboles de ambas orillas parecen abrazarnos y darnos la bienvenida. Antes de llegar, vemos como se disponen sobre el agua, varios palafitos de madera, pues en esta zona mucha gente vive en este tipo de alojamientos.
                De repente, a lo lejos, avistamos un humilde muelle provisto de una estructura metálica, también de color verde, en donde se disponen varias lanchas más pequeñas de color blanco que nos servirán de transporte en las sucesivas excursiones que tenemos programadas para los próximos dos días. Por fin hemos llegado a Tortuguero. La embarcación se detiene ante un enorme cartel de bienvenida en el que se puede leer: “ Bienvenidos , Welcome, Mawamba Lodge, Aventura de vida silvestre”.




                             Mawamba Lodge





Tortuguero

Cojo mi maleta de ruedas y me dirijo hacia la cabaña de madera en donde me alojaré. El entorno es precioso, el verde de las palmeras,  el césped  y los vivos colores de las flores que adornan el lugar me trasmiten una sensación de colorido y armonía que nunca antes había sentido.

 Justo al lado de mi cabaña  existe otra de las mismas características  que será habitada por un matrimonio de avanzada edad de origen inglés. Una vez dentro de la que será mi casa en estos días  me quedo perplejo.  Durante unos minutos me quedo en la puerta examinando el interior; me froto los ojos para ver si estoy soñando, pero enseguida veo que no hay nada más real que lo que mis ojos ven; es una verdadera preciosidad.  Tanto el suelo, de madera marrón oscuro, como las paredes, de color berenjena, están formados por varias planchas de madera perfectamente encajadas. A ambos lados de la habitación se disponen dos amplias camas de sábanas blancas impolutas adornadas con unas toallas que los encargados del servicio de habitaciones han convertido en cisnes. Al lado de cada cama, las cuales están separadas por una mesita de noche de color verde, se disponen dos amplias ventanas con contraventanas de madera color rojizo con unos barrotes como protección. Del techo cuelga un enorme ventilador de aspas y encima de cada cama dos lámparas pequeñas.  Al fondo de la habitación existe un amplio cuarto de baño con ducha de pie y accesorios último modelo. Dejo la maleta encima de la cama sin abrir, pues pienso que ya tendré tiempo para organizar la ropa y demás enseres, y me encamino al porche de la cabaña. Me siento en una  de las sillas que hay en el exterior y me relajo antes de darme una refrescante ducha. Impregnado por las frescas gotas que han lavado mi cuerpo, me cambio de ropa, cojo mi mochila de aventurero (en donde meto mi cuaderno de viaje, unos prismáticos y una toalla) y me decido a conocer el complejo para ver donde podré comer.

Lo primero que me encuentro es una  gran piscina con un puente que la cruza de lado a lado. La forma de serpiente de ésta resulta, como poco, pintoresca. Al fondo veo un bar en donde se sirven comidas. Me siento, me pido una cerveza Imperial que para mi gusto está algo caliente y me sirvo del buffet un gran plato de arroz con frijoles y unos enormes filetes de res ( ternera), acompañado de un pedazo de pan. Al saber que a las vacas las llaman reses, no he podido evitar recordar mi pasado más reciente, a las vacas que cuidaba en Guinea y a mis padres. La comida ha estado deliciosa pero sin duda el postre es lo que más me ha enamorado; piña, sandía, papaya y melón tomadas en grandes cantidades  han sido la antesala de un rico café y un chupito de ron seco. Me fumo un cigarro, escribo un poco y me dirijo sin vacilaciones a la piscina.

Como surgida de la nada, Rebeca aparece en el momento más inesperado. Nos cita a las 16:00 horas en las inmediaciones de la cafetería para dar un paseo  con el grueso de la expedición. Una vez allí nos encaminamos hacia la playa caribeña. La verdad es que no hemos visto nada del otro mundo, únicamente arena, alguna que otra palmera y agua, mucha agua. Pero tras esta desierta playa se esconde una de las más impresionantes maravillas de la naturaleza, se trata de la fascinante historia de las tortugas verdes gigantes.




                        
                                 Tortuga verde


 Estas  tortugas, que vienen a medir alrededor de tres metros de longitud, suelen poner unas ochenta crías  en cada uno de sus partos; éstas son enterradas en la orilla de la playa para que gesten. Las crías de estas jurásicas tortugas son consideradas como un exquisito plato para cualquier animal de la zona como las  iguanas o los  jaguares. Por su parte, las tortugas de mayor tamaño son presa de los tiburones. Ahora entiendo el porqué del nombre de esta zona de Costa Rica.

El paseo me está resultando de lo más placentero y didáctico, pero creo que ha llegado el momento de abandonar el grupo. Al fin y al cabo me he acostumbrado a estar sólo, y por ello pongo rumbo hacia el poblado de Tortuguero. La primera impresión que me transmite dicho poblado es de admiración. Las humildes casas de madera cubren cada rincón del paraje. Los oriundos del lugar son de tez negra (como yo) y no mulatos como la mayoría de los pobladores del país. Podríamos decir que me encuentro ante una mezcla entre la cultura africana y caribeña. La música reggae de Bob Marley que se escucha de fondo, ameniza mi deambular. Los niños corren felices entre los cocoteros. Según me han contado, estos pobladores trabajan para vivir, es decir, cuando realizan un trabajo, lo hacen para poder obtener alimento y algunas necesidades básicas, para después  dedicar el resto del tiempo a disfrutar de la vida. Cuando esos recursos se agotan vuelven a buscar otro oficio temporal, para así poder cubrir sus necesidades  durante otro intervalo de tiempo indeterminado. Creo que es una buena filosofía de vida, al fin y al cabo es muy parecida a la mía (trabajo, consigo algo de dinero y después me dedico a viajar).








                                Tortuguero


Tras haberme tomado una coca cola he decidido volver a  Mawamba Lodge, aunque esta vez no lo he hecho en solitario. Un pequeño perro me ha acompañado hasta mi hogar, y aunque no le he prestado mucha atención, el can me ha resultado de lo  más simpático; cuando caminaba, él me seguía a una distancia de unos dos metros, cuando me paraba también lo hacía él. Una vez dentro de mi cabaña me he dado una ducha, me he cambiado de ropa y me he dirigido hacia el restaurante donde comí esta mañana.


He cenado algo ligero, fruta sobre todo, y después me he parado a tomar un cóctel tropical llamado Iguana, que estaba compuesto por ginebra, menta, limón y azúcar. Sin darme cuenta me he sentido algo mareado, así que me he dado un baño en la piscina y me he vuelto a refugiar en mi cabaña para poder escribir y descansar pues mañana Rebeca nos ha citado a todos a las 6:00 horas de la mañana en el muelle de Tortuguero. Pero no puedo irme a la cama sin narraros la anécdota que me ha sucedido antes de venir hacia aquí. Justo cuando he salido de la piscina he visto a Rebeca, me he acercado a ella para desearle buenas noches  justo en el momento en que una pequeña boa se deslizaba a ras del suelo y muy cerca de nuestros pies. En ese momento un camarero que andaba cerca la ha espantado con un palo; pero lo mejor de todo ha sido cuando a mi lado ha vuelto a aparecer mi amigo, el perro de Tortuguero. Y ahí está, plantado en el porche de mi cabaña para ofrecerme protección durante esta noche.


                                                                                                      CONTINUARÁ.....................